Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 19 de noviembre de 2017

Bajo cielos inmensos. A.B. Guthrie, Jr.

a) Afrontar una lectura como Bajo cielos inmensos te traslada a las novelas de Twain, las películas clásicas de aventuras y del oeste, los sueños de la niñez de dormir al raso junto a una hoguera y los peligros en la oscuridad. Es vérselas cara a cara con el recuerdo de quienes fuimos y la mirada sencilla que teníamos hacia el mundo y compararnos con quienes somos ahora (entendiendo la dificultad del análisis). El inicio es el acceso al mundo adulto de un muchacho de diecisiete años. Tras pelearse con su padre y huir de su casa en Kentucky, Boone Caudill se dirige a San Luis para seguir los pasos de su tío y convertirse en un hombre de las montañas. Hay una candidez innata en Boone, fascinado por las historias de su tío que hablaban de grandes paisajes y enfrentamientos contra osos e indios, la imagen de un mundo donde se mezclaban la realidad, la bravuconería y la fantasía. Boone sueña con las grandes montañas y la libertad y la soledad bajo el cielo, y mantendrá esas ensoñaciones que le impedirán ver el final de una época y los cambios que traerán los pasos abiertos y los colonos. Se unirá con Jim Deakins, otro muchacho que cree en la vida libre, y Dick Summers, un experimentado hombre de montaña que siente la llegada de la vejez y el fin de su mundo.

b) Los tiempos han cambiado. Es una idea que se repetía en los westerns crepusculares de Sam Peckinpah. Boone llega a los grandes paisajes del oeste cuando el mundo de los tramperos y los hombres de frontera se desvanece poco a poco. Las pieles de castor escasean, los encuentros entre hombres de montaña son más pequeños, los viejos tramperos se retiran, los indios caen ante la viruela, se habla de la llegada de colonos en carromatos para plantar sus cosechar. Boone reniega ante estos cambios, no cree posible las cosechas o que se acaben los búfalos mientras haya indios. Pero Boone vive en un mundo en extinción, los últimos años antes de las grandes caravanas hacia el oeste, de la multitud que busca una oportunidad en tierras extrañas.

c) Hay una tristeza y un calor que recorren Bajo cielos inmensos. La tristeza por el final de una época, por la testarudez humana, por la pérdida de la libertad y la aniquilación de una forma de vida apegada a la tierra. El calor de la aventura, los enfrentamientos contra los indios, los encuentros con osos, el hambre y los pasos cortador por la nieve, las peleas entre los hombres de la montaña por una idea personal de la justicia. Por un lado Guthrie muestra las huellas del futuro de forma casi invisible, una conversación sobre los carromatos al otro lado del territorio y los sueños de asentarse de un puñado de hombres y mujeres en otra tierra, por otro lado, se centra en el aprendizaje de Boone, su destreza en la vida de las montañas, y en ese aprendizaje, las escaramuzas y el hambre, las peleas y los grandes espacios, el Carro en las noches despejadas y el humo de una hoguera, los poblados indios abandonados, las cabelleras arrancadas, las fanfarronerías de los hombres de la montaña, la libertad y la soledad puras, los ríos que cortan llanuras y las cumbres azules de las montañas, los signos del invierno.

d) Están la pequeñez ante los espacios abiertos y bajo el cielo y la impresión de ser el primer ser humano que ve un pedazo de tierra, está el encuentro con el otro, ya sean indios, tratantes de pieles o soñadores que planean crear rutas entre las montañas para alcanzar nuevos territorios, está la incapacidad del ser humano por conservar aquello que ama, ya sea un modo de vida, un paisaje, una mujer, y destrozarlo por emociones mezquinas, están la figura que desaparece en las sombras y esas sombras que son el pasado, está el retiro de los viejos tramperos y cazadores y su regreso a la civilización como granjeros y su mirada llena de recuerdos. Guthrie consigue algo difícil, aunar grandeza e intimismo, aventura y reflexión, la nostalgia por tiempos que no volverán y la búsqueda de horizontes desconocidos. La violencia es seca y dura, los personajes se dividen entre soñadores y desencantados, los paisajes son magnéticos, y la vida al aire libre, y las dificultades que son desafíos y muestran el reflejo de quién eres y qué eres capaz de aguantar.

e) Guthrie construye una historia circular. Coge a un muchacho como Boone y lo saca de su granja de Kentucky en busca de grandes espacios y lo hace regresar trece años después a esa misma granja, el padre muerto, la madre anciana, su hermano con una nueva familia, Boone que ya no es capaz de dormir entre cuatro paredes o comer con sal, que bebe agua del arrollo, que ve cómo no pertenece a ningún lugar, su hogar de infancia un lugar inalcanzable y las vida en las montañas en extinción.

f) Bajo cielos inmensos es tan grande como los paisajes que describe y los hombres y mujeres que lo habitan, habla de esa parte de la condición humana que aniquila la vida y el sustento y los sueños, es aventura y tristeza y el tiempo que convierte a todo y todos en sombras.









—Caudill y Deakins quieren ser hombres de montaña.
—¡Uh! Será mejor que vuelvan a nacer.
—¿A qué te refieres?
—Han llegado diez años tarde —la mandíbula de tío Zeb machacó el tabaco—. ¡Ha desaparecido, maldita sea! ¡Ha desaparecido!
—¿Qué ha desaparecido? —preguntó Summers.
Boone podía ver el whisky en el rostro de tío Zeb. Era un rostro que seguramente había visto mucho whisky, rojo e hinchado.
—Todo lo que nos rodea. Ha desaparecido, por Dios, y nadie se preocupa a excepción de algunos de nosotros que la conocimos cuando era tierra virgen.
Desenfundó el cuchillo y comenzó a lanzarlo y clavarlo en tierra, como si eso calmara sus sentimientos. Se quedó en silencio durante un rato.
—Esta fue en otro tiempo una tierra para el hombre. En cada manantial había cientos de castores y multitud de búfalos allá donde uno miraba, y nada de estrecheces ni aglomeraciones de gente. ¡Jesús bendito!
Al este, donde el cerro y el cielo se juntaban, Boone divisó movimiento y supuso que eran búfalos hasta que la nube se desplazó por la ladera, dirigiéndose hacia ellos; resultó ser una manada de caballos.
Los ojos grises de Summers saltaron de Boone a tío Zeb.
—No se ha echado a perder, Zeb —dijo en voz baja—. Depende de los ojos que la contemplen.
—¡Que no se ha echado a perder! Han construido fuertes río arriba y río abajo, y hay gente en todos los lugares donde antes uno podía poner trampas. Y los novatos suben río arriba, un montón de ellos… vienen novatos en cada barco, se quedan merodeando por aquí y echan a perder toda la diversión. ¡Jesús! ¿Por qué no se quedan en sus casas? ¿Por qué no nos dejan esta tierra a nosotros tal como la encontramos? Por Dios, esta tierra es nuestra por derecho propio —apartó la boca de la botella—. Dios, era una belleza hace un tiempo. Bella y virgen, y no estaba horadada por las rutas de los hombres, a excepción de las de los indios, en toda su amplitud.
Los caballos se aproximaban rápido, corrían y daban coces como potros por el frío que se había apoderado de la tierra. La taltuza había salido de nuevo de su agujero, corría breves tramos y miraba hacia arriba silbando. Estaba comenzando a oscurecer. El fuego al oeste estaba a punto de apagarse; una estrella ardía baja por el este. Boone deseó que alguien hiciera callar a aquel ternero.
—Parece que te hayas tragado un higo chumbo, amigo —dijo Summers.
—¡Uh! —tío Zeb se metió los dedos en la boca, atrapó el bolo de tabaco y puso otro fresco dentro.
—Se paga buen precio por el castor, muy buen precio. Ahora —mencionó Summers.
—El precio da lo mismo cuando no se tienen los castores —afirmó tío Zeb mientras movía la boca para masticar bien la bola.
Los caballos pasaron trotando, levantando polvo, esquivándolos y bufando mientras pasaban junto a los hombres sentados. Tras ellos cabalgaban cuatro jinetes vestidos con los ponchos blancos que llevaban los trabajadores del fuerte.
—Echo de menos los tiempos en los que había castores por todos lados —dijo tío Zeb. Su voz se había vuelto más suave y se notaba un tono remoto en ella, como si el whisky hubiera empezado a hacerle efecto de una forma profunda y tranquila. ¿O, tal vez, sólo se debía a que estaba viejo y no era capaz de controlar sus emociones?—. Los echo de menos ahora. Por todos lados. En aquellos tiempos era un fracaso no atrapar un buen fardo de ellos. ¿Y ahora? —se calló a media frase, como si no existiera la palabra adecuada que un hombre pudiera pronunciar—. Mira —dijo, irguiéndose ligeramente—, dentro de cinco años no habrá más que piel de baja calidad, y ya está ocurriendo rápidamente. Tú, Boone, y tú, Deakins, si os quedáis aquí tendréis que patear la pradera, cazando pieles, persiguiendo búfalos y desollándolos, y viendo cómo también eso termina por perderse.
—No, en cinco años no —dijo Summers—. Más bien cincuenta.
—¡Ah! El castor ahora ya casi ha desaparecido. El búfalo es el siguiente. No habrá ni un maldito toro dentro de cincuenta años. Veréis cómo aparecen surcos arados en las praderas y estableciéndose en ellas —se apoyó hacia delante, poniendo las manos arriba—. La gente se ríe de este desgraciado que os habla, pero sigue diciendo la verdad. No puede ser de otra manera. Sólo la Compañía envía veinticinco mil pieles de castor al año, y cuarenta mil pieles de búfalo, o más. Además, un montón de búfalos son sacrificados por cazadores y no son desollados, y un montón de pieles son usadas por los indios, y muchos se ahogan todas las primaveras. ¡Ah!
—Todavía hay mucho castor —respondió Summers—. Se tiene que buscar. No se les caza dentro de un fuerte, o mientras se está cazando carne.
—¡Amén y vete al infierno, Dick! Pero es difícil conseguir whisky siendo cazador. Dame un trago de tu botella. Tengo el gaznate torriblemente seco.
Boone escuchó su propia voz, que sonaba tensa y neutra.
—Esta tierra a mí todavía me parece virgen, virgen y bella.
En la creciente oscuridad, pudo sentir los ojos de tío Zeb clavados en él, mirándolo por debajo de sus frondosidades… unos ojos viejos y cansados que el whisky había surcado con ríos rojos.
A.B. Guthrie, Jr.  Bajo cielos inmensos. Traducción de Marta Lila Murillo. Editorial Valdemar.

domingo, 12 de noviembre de 2017

umbrales

Se acerca a la ventana, el mejicano, y enciende una vela. Es para que me encuentren mis ancestros, dice, y que me hablen durante el sueño. Mi vida ha pasado siguiendo huellas marcadas por otros, dice, sólo sigo una estela invisible. Los amores, los miedos, las decisiones tomadas y los proyectos que no me atreví a emprender, todo lo que me ha traído hasta esta noche, me han sido impuestos por la sangre, dice. La sangre me tira, dice. La llama titila en la ventana y se refleja fuera, en la oscuridad. Sus ancestros dejarán esta noche su escondite entre las sombras y guiarán sus pasos una vez más. Soy un hombre sin azar, dice.
El mejicano tiene ochenta años y ha vuelto a la tierra de su infancia para buscar una iglesia. Tiene cinco calaveras incrustadas en el pórtico blanco, dice. Descubrí al mejicano en la plaza del Obradoiro. Vestido de azul, con una boina francesa, su figura espigada y su mirada quijotesca, el mejicano siguió camino a Finisterre sin detenerse entre los peregrinos. Quería llegar a la costa y ver el camino de oro que el sol extendía sobre el mar al atardecer. Es el camino de los muertos, dice, y yo lo hice con cinco años. Algunas palabras, ancestros, sangre, muertos, mueven la llama de la vela. Lo último que vi de esta tierra fue la iglesia de las calaveras, dice, luego el mar y Méjico. Méjico ya no es tierra para conquistadores, dice.
Tardamos tres días en llegar a Finisterre. El mejicano se detenía en las señales del camino con cartas y fotografías. Leía las cartas que recordaban promesas hechas a los muertos, los pequeños tótems de piedras, las botas rotas, y asentía en silencio. Sentados en una roca del fin del mundo, vimos crecer el camino amarillo sobre el mar y desaparecer en la noche. El mejicano rezó por su infancia y su vida. Nos comunicamos con los muertos, dice, y los necesitamos más que ellos a nosotros. Mi madre me enseñó a llamar a nuestros ancestros con velas, dice. Cruzaban el mar en la noche de los difuntos y nos repetían su historia, dice. Mi madre vestía de negro por ellos, y ese negro se le incrustó en la piel, dice. Yo quería enseñarle las máscaras mejicanas de la muerte, la música y los bailes del día de los muertos, dice, pero ella rechazaba aquella luminosidad. Nunca sabías quién se escondía tras las máscaras, dice. Por dos días, vivos y muertos cruzábamos el umbral que nos separaba, dice.
El mejicano hace un gesto con la mano, se aparta de la ventana y se acuesta. Es hora de que me hablen mis ancestros, dice.
Mañana subiremos un camino asfaltado entre montes. Apenas quedarán en pie un par de casas del poblado y la iglesia en un montículo. El mejicano se sentará en el pequeño muro de entrada y observará las cinco calaveras en la pared blanca. Tendrán la boca abierta, las calaveras, su último aliento atrapado por la eternidad. Antes el camino era de tierra y piedras, dirá, había una escuela y un colmado y en las noches de septiembre escuchábamos las ratas en el tejado y sentíamos el viento entre los pinos y las piñas caer al suelo, dirá. Hay un silencio que sólo existe en los pueblos abandonados, dirá, y hay una muerte que canta por nosotros, dirá.
El mejicano se levantará y se dirigirá hacia el pórtico. Buscará una calavera con una muesca con forma de estrella en la frente. Cuando la encuentre, seguirá su forma con la mano, una caricia lenta y delicada, el reconocimiento de la sangre que le tira. Mis ancestros me hablaron en sueños, dirá.  

Apago la vela y le cuento nuestra historia.

jueves, 26 de octubre de 2017

El hombre en suspenso. Saul Bellow

En un momento de El hombre en suspenso Joseph escribe ahora estoy lleno del mundo. Joseph vive en una habitación con su mujer Iva, espera la llamada a filas tras despedirse de su empleo, escribe un diario y se pregunta por qué casi nadie hace tal ejercicio de introspección, y, sobre todo, Joseph se llena de ese mundo y observa el paso del tiempo invernal a la primavera, las formas de la ciudad y los cambios de la luz, las sombras de los desconocidos, mira fuera y dentro de sí, cómo se siente extraño y ajeno a ese mismo mundo, un testigo externo, alguien que se desdobla en dos mitades y arrastra a una parte de sí mismo anclada en el pasado y que no la siente como la verdadera. En algunas entradas de su diario toma la forma de narrador y se describe en tercera persona, como un autor que retrata a su personaje e intenta mostrar aquello que oculta.


Pero a pesar de todo, Joseph experimenta una sensación de extrañeza, de no pertenecer del todo al mundo, de yacer bajo una nube y alzar la vista para mirarla. Bien, pero todos los seres humanos comparten esa sensación hasta cierto punto, se dice. El niño siente que sus padres son falsos; su auténtico padre está en otra parte y algún día le reclamará. Y para otros el mundo real no está ahí en absoluto y lo que se encuentra a mano es espurio y copiado. A veces la sensación de extrañeza de Joseph casi adopta la forma de una conspiración: no una conspiración maligna, sino una que contiene los esplendores diversificados, los cambios, las excitaciones, así como la materia común y neutral de una existencia. Vivir un día tras otro bajo la sombra de semejante conspiración es duro. Si contribuye al asombro, contribuye todavía más a la inquietud, y uno se aferra a los transeúntes más cercanos, a hermanos, padres, amigos y esposas.

La espera hace que Joseph se detenga y reflexione sobre su naturaleza, sus mitades y los yoes que contiene su mundo interior, se pregunte sobre la forma que adquiere la libertad, cómo nos sentimos cercanos de los objetos perecederos y nos acostumbramos a la violencia. Joseph escribe sus entradas de diario e intenta ver claro el mundo interno y externo que lo define, una búsqueda borrosa y siempre al borde del fracaso. Porque en la espera, Joseph siente cierto desprecio hacia su persona, un hombre mantenido por su mujer y viviendo en una pequeña habitación desordenada, alguien que no consigue diferenciar un día de otro y que estalla ante su mujer, viejos amigos o sus vecinos de pensión y se fustiga por las escenas que provoca. El estudioso con un gran plan vital convertido en alguien en suspenso, alejado de todo y de todos, su destino por definir. No hay un orden ni unos códigos férreos a los que acogerse, sino la pura especulación, la palabra, la mente.

Por momentos, Joseph parece escribir su diario para ser leído por otros, una forma de que aquellos que creen conocerlo accedan a su realidad. Detalla sus pensamientos de forma densa y prolija, describe sus paseos y la ciudad como forma de colocarse en el mundo, desvela el yo que arrastra y el yo del presente, escribe entradas en las que charla con el Espíritu de las Alternativas. Cada entrada del diario es una lucha por mostrar de manera completa, sin ambages, las luces y sombras que lo acompañan, la rabia contenida, las expectativas frustradas, la confrontación entre la vida y la muerte, la espera por la llamada a filas y la liberación de encontrarse en otras manos.

El hombre en suspenso es la primera novela de Bellow. Profunda y descriptiva, Bellow hace que Joseph se describa y se descubra a través de la palabra, un hombre común que se siente extrañado en una época donde la guerra lo envolvía todo. Bellow combina acción y reflexión, muestra el dolor y la rabia de un hombre de la calle al revelarse sus sentimientos íntimos. El Joseph de Bellow camina entre la pasividad y las emociones contenidas, mira al mundo dentro de sí y lo compara con el que ve fuera, un retrato detallado que tiene muchos momentos fascinantes y otros aburridos.










Con todo el respeto que parecemos tener por los artículos perecederos, nos hemos acostumbrado fácilmente a la matanza. Al fin y al cabo, en cierta manera somos los beneficiarios de esa matanza, y sin embargo nuestra piedad por las víctimas es escasa. No es algo provocado por la guerra, sino que estábamos preparados para ello mucho antes de que estallara la guerra, y ahora solo resulta más evidente. No nos estremecemos al ver todas esas vidas segadas; ni tampoco quienes han muerto habrían sufrido más por nosotros si hubiéramos sido las víctimas. No me gusta pensar en qué es lo que nos gobierna. No me gusta pensar en ello. No es un trabajo fácil, y no es seguro. Su revelación más amable es que nuestros sentidos e imaginaciones son de alguna manera incompetentes. El antiguo Joseph que, ante la provisionalidad de la vida, se oponía a toda violencia, afirmaba lamentar que con la mejor voluntad del mundo uno debía infligir su cuota de magulladuras… ¡Magulladuras! ¡Menuda inocencia! Sí, reconocía que incluso quienes se proponen ser suaves no pueden confiar en que se librarán de dar azotes. Y eso era bastante modesto.
No obstante, como pueblo, nos preocupa mucho el carácter perecedero; un imperio de neveras. Y a los gatos domésticos se les traslada por avión a centenares de kilómetros para salvarlos mediante sueros especiales; y en el campo de Arkansas los vecinos mantienen durante un mes, día y noche, una vigilia para salvar la vida de un hombre que ha enfermado a los noventa años.
Jeff Forman muere; mi hermano Amos atesora un almacén de zapatos para el futuro. Amos es amable. Amos no es un caníbal. No soporta la idea de que yo podría fracasar, carecer de dinero, rechazar la preocupación por mi futuro. Jeff, en el fondo del mar, está más allá de la virtud, el valor, la elegancia, el dinero o el futuro. Digo estas cosas incapaz de ver o pensar con claridad, y lo que siento no es tanto injusticia o inhumanidad como desconcierto.
En cuanto a mí, preferiría morir en la guerra que consumir sus beneficios. Cuando me llamen iré sin protestar. Y, por supuesto, confío en sobrevivir. Pero preferiría ser una víctima que un beneficiario. Apoyo la guerra, aunque tal vez sea gratuito decir esto; tenemos la costumbre de convertir estas cosas en cuestiones de moralidad personal y voluntad particular, cuando no lo son en absoluto. El equivalente sería decir: si Dios realmente existió, sí, Dios existe. Existiría tanto si lo reconociéramos como si no. Pero entre su imperialismo y el nuestro, si hubiera posibilidad de elección, me quedaría con el nuestro. Las alternativas, en especial las alternativas deseables, solo crecen en árboles imaginarios.
Sí, dispararé y segaré vidas; me dispararán y es posible que me arrebaten la vida. Se verterá cierta sangre por razones ciertas a medias, como sucede en todas las guerras. De alguna manera no puedo considerarlo como una injusticia contra mí mismo.

***

Ejercen sobre nosotros una gran presión para lograr que nos infravaloremos. Por otro lado, la civilización nos enseña que cada ser humano es un bien inestimable. Hay, pues, estos dos preparativos: uno para la vida y el otro para la muerte. En consecuencia, nos valoramos y nos avergonzamos de valorarnos, somos severos. Nos adiestran para que seamos discretos y, si uno de nosotros de vez en cuando se forma una opinión de sí mismo, lo hace desapasionadamente, como si estuviera examinándose las uñas, no su alma, frunciendo el ceño por las imperfecciones que encuentra como lo haría uno al encontrar una muesca o un poco de suciedad. Porque, desde luego, se nos invita a aceptar la imposición de toda clase de injusticias, a esperar en fila bajo un sol ardiente, a correr por una estruendosa playa, a ser centinelas, exploradores o trabajadores, a ser quienes viajan en el tren cuando salta por los aires o los que se encuentran en las puertas cuando están cerradas, a carecer de importancia, a morir. El resultado es que aprendemos a ser insensibles y carecer de curiosidad hacia nosotros mismos. ¿Quién puede ser el concienzudo cazador de sí mismo cuando sabe que es a su vez una presa? O bien nada tan inconfundible como una presa, sino un individuo de un cardumen, empujado hacia las encañizadas.
Saul Bellow. El hombre en suspenso. Traducción de Jordi Fibla. Debolsillo.

martes, 17 de octubre de 2017

Proyectos de pasado. Ana Blandiana



En La iglesia fantasma, el último cuento de Proyectos de pasado, Ana Blandiana habla la coexistencia de lo real y lo irreal en mundos paralelos y cómo, en algunas ocasiones, se funden y mezclan para, al final, volver a sus respectivos mundos fortalecidos. Cada relato de Blandiana sigue esa máxima, lo real y lo irreal que se encuentran en un punto y cómo se alimentan el uno del otro para dar pasa a una fuerza nueva y clara donde lo real se incrementa por los elementos mágicos y lo irreal parece parte de lo cotidiano gracias a los detalles cercanos a la vida y la existencia corrientes. Un ejemplo sería el cuento El reportaje, donde una periodista llega a una isla artificial en el Danubio para informar de unas inundaciones y ve cómo los soldados agarran la tierra con sus manos y los esqueletos de las fosas comunes para evitar que acabe arrastrada por la marea, la sensación de pesadilla y milagro en lo real. O en el mismo La iglesia fantasma donde se unen leyenda y realidad en la vieja historia de una iglesia arrastrada por el río con una docena de hombres dentro, las visiones de esa iglesia años más tarde y con los hombres entonando una extraña canción, como símbolo de victoria o muerte según el punto del Danubio en la que se vea.


Existen tantas modalidades de lo fantástico que no es de extrañar que algunas de ellas puedan dar en ocasiones el salto a la realidad. A veces, la realidad misma sobrepasa arrogantemente sus fronteras y, entonces, las zonas superpuestas permanecen ambiguas durante años, decenios y aun siglos, y resulta incierto a qué dominio pertenecen. Después, por no se sabe qué casualidad, o simplemente por la erosión del tiempo, su doble naturaleza difumina uno de sus aspectos y la franja que antes era equívoca acaba cayendo a uno de los dos lados de la frontera, acompañada únicamente por el asombro de que antes las cosas hubieran podido parecer de otra manera. Claro está que, para un ojo avezado y capaz de ver más allá de las apariencias, ni el fluir de la realidad en los moldes de lo fantástico, ni la penetración de lo fantástico en el terreno de la realidad pueden conducir a conclusiones de mucha importancia, y el mero acontecer de un hecho no es capaz de sacarlo fuera del perímetro de lo imaginario, de la misma manera que las sombras fantásticas de un acontecimiento tampoco bastan para sustraerlo del imperio de la eficacia. Entre la realidad y la irrealidad hay una línea divisoria trazada desde la creación del mundo, y la transgresión de esta línea no supone su anulación, sino el poner a prueba su fuerza, de la misma manera que tomar una droga no significa menospreciarla, sino experimentarla. Lo real y lo irreal coexisten en mundos paralelos, independientes, y la mayor parte del tiempo son incluso indiferentes entre sí. Pero es verdad que, en los escasos momentos en que se funden, su unión resulta doblemente reveladora: un elemento fantástico, a través del tamiz de la realidad, regresa a lo imaginario, fortalecido por la autoridad de esta comprobación, mientras que un elemento objetivo que se vuelve irreal va adquiriendo significados capaces de transfigurar su existencia, de la que se ha evadido sólo por un instante.

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Lo que hace bueno a Proyectos de pasado es la escritura de Blandiana, profunda, densa, a veces críptica, donde habla de la realidad rumana a través de historias que parecen mitos o cuentos cuando no pura invención. Ahí están las figuras angelicales que se repiten en varios cuentos, una manera de subvertir la realidad, de adentrar los simbólico en una tierra y una época dominadas por la dictadura comunista de Ceauşescu. En los cuentos de Blandiana, poblados por imágenes oníricas, se habla de un régimen que destruyó los campos y los símbolos del pasado, que se basó en la censura, las cartillas de racionamiento, el miedo y los campos de trabajo. Y ese hablar de la dictadura a través de lo simbólico da paso a momentos excepcionales, como la profesora que busca una gallina clueca para evitar las largas colas y esperas y acaba con una docena de pequeños ángeles en su balcón, una iglesia tapada por infinidad de nidos de golondrina en una aldea donde sólo hay ancianos y los campos se han convertido en tierra yerma y errática, una representación para un conocido actor que le habla de la realidad que se vive fuera de los escenarios, los recuerdos que una mujer tiene de la última cena de su padre antes de ser detenido, el ambiente claustrofóbico y mudo de esas horas en la noche y la sensación de tiempo suspendido o los deportados a un bosque y sobreviven en una cárcel sin muros y levantan un nuevo hogar.

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Esa unión fugaz de lo real y lo irreal, el ambiente opresivo y extraño, los trazos oníricos, las historias que hablan de falta de libertad y un mundo que se desmorona ante los nuevos tiempos dan a los cuentos de Blandiana un mismo tono. No hay una fractura entre los relatos, fluyen como parte de un todo.

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El cuento que da título al libro habla de un bosque como cárcel. Los invitados a una boda son deportados (con cargos desconocidos) a un bosque. Sin guardianes ni muros, los hombres y mujeres del mundo se sentirán, al principio, vigilados, incapaces de buscar una salida, de idear una fuga. Con los años, construyen una pequeña comunidad utópica. Son deportados, culpables de no se sabe qué, no hay muros ni vigilantes, y sienten una libertad única al no vivir en las ciudades ni tener relación con otros conciudadanos ni con el régimen dictatorial. Durante años viven de la tierra, construyen una casa común, nacen nuevos miembros en la comunidad mientras otros mueren, hay un regreso a la naturaleza, a la esencia del ser humano, olvidan la cárcel que es el bosque porque fuera existe una cárcel mayor. Cuando los liberan años más tarde no sabrán cómo reintegrarse a una sociedad sometida y añorarán sus días de robinsones.

***

Hay milagros y figuras mitológicas, hay inundaciones bíblicas e iglesias arrancadas de su base y arrastradas tierra adentro a un nuevo pueblo, hay ángeles y pueblos destrozados, hay una  mujer que se descubre dentro de un sueño e incapaz de llegar a sus orígenes o a la identidad del soñador se tumba a dormir para ser la soñadora y no lo soñado, hay una corriente subterránea que habla del terror y de una época y una tierra que no es libre, hay, sobre todo, una escritora que se adentra en la fantasía y la irrealidad de una manera realista.










Mi memoria no abarcaba más de lo que acabo de contar: el mar, que se había apoderado de la playa, la ventisca, mi paseo a lo largo del acantilado, la zona prohibida. Y ahora descubría las huellas materiales de esta historia infinitesimal, borradas aún antes de que desaparecieran también de mi conciencia. ¿No es posible que hubiera habido algo antes, otra cosa, otros recuerdos tal vez, igual de insignificantes, cuyo rastro hubiera sido eliminado con cuidado, hasta desaparecer por completo, no sólo de la nieve, sino también de mí misma? Claro que antes tuvo que haber existido algo, una finalidad, un sentido, un acontecimiento que me trajera hasta aquí, que me hiciera venir. Pero no recordaba nada, todo empezaba en mi mente con la imagen de ese mar de color marrón, envuelto en brumas, con flecos sucios por la espuma helada en la costa, con ese mar ajeno, reconocido únicamente gracias a aquella prohibición inamovible que me obligaba a desandar mi propio camino, dirigiéndome contra la ventisca hostil y contra la pregunta cada vez más apremiante: ¿cómo he venido a parar aquí?

***

Lo que voy a contar no me pasó a mí. Por aquel entonces yo era todavía una niña y solamente oía, de vez en cuando y sin comprender muy bien de qué se trataba, que aquello les había pasado a otros. Y si algo permaneció en mi memoria fue la palabra «Bărgană», envuelta por todas aquellas cosas que despertaban terror en la mente de una niña, que dejaba de asustarse de dragones y ogros, fantasmas y brujas para empezar a asustarse, de manera mucho más misteriosa y, por tanto, infinitamente más terrible, de las palabras corrientes, palabras que los demás pronunciaban con un espanto que, incomprensible y amplificado, se le transmitía también a ella. «Bărgană» era una de esas palabras. Otra era «llevar». «Creo que esta noche me van a llevar a mí también», oí decir a mi padre, y sin necesidad de que me lo explicaran, comprendí que era el anuncio de la mayor desgracia que podía pasarle. Después, mi padre desapareció, y el verbo «llevar» representó para mí el vocablo, pero no el significado, de aquella desaparición, el signo mágico, grabado como un estigma identificador en la cara ensombrecida de mi madre, en la voz alterada de la maestra cuando me hablaba en la escuela o en la mirada esquiva de los vecinos cuando llamaban a sus hijos para que dejaran de jugar conmigo. Por el contrario, «Bărgană» no era un signo, sino una representación. Decían «los llevaron al Bărgană», o «este ya no volverá del Bărgană»; yo me lo imaginaba como un círculo del infierno, un foso muy grande a donde, sin orden ni concierto, eran arrojados, por fuerzas oscuras pero infinitamente poderosas, toda clase de hombres y mujeres cuya culpa no acababa de comprender y a quienes todos lloraban como a difuntos. Cuando, más tarde, en las clases de geografía, descubrí con sorpresa que el Bărgană era un territorio fértil y extenso, no me quedó más remedio que admitir que se trataba de dos palabras inconexas entre sí, y cuyo parecido era completamente accidental, lo cual no me libraba de sentir escalofríos, ante cualquier encuentro con el inocente homónimo de mis representaciones.
Experimenté la misma admiración, dudosa y desconfiada, cuando leí por primera vez en un diccionario el significado de una palabra que parecía expresar protección, defensa o custodia. Sin embargo, aunque eran transparentes y tenían apariencia de objetividad, las definiciones del diccionario me parecían sospechosas, como si, quién sabe con qué motivo, hubieran pretendido una tergiversación del significado auténtico y conocido desde hacía tiempo.
Para mí, aquella palabra era un edificio de un solo piso, largo, extraordinariamente largo para lo que era habitual en nuestra ciudad, formada por sólidas casas unifamiliares, con no más de tres o cuatro habitaciones grandes y altas dispuestas a un lado y a otro de la puerta maciza, por la que se accedía a una especie de corredor con techo de madera desde el que unos escalones de cemento llevaban al interior, y que conducía al patio con fuente, flores y avenidas de piedras de río. El edificio bautizado con aquel nombre, que los diccionarios habrían de presentarme después como tranquilizador, era distinto de estas casas habituales, y aunque tenía al menos cien años de antigüedad (había sido construido para quién sabe qué institución habsbúrgica, probablemente), estaba tan bien adaptado al terror actual que parecía hecho a su medida. Veinte o incluso veinticinco ventanas alargadas, con los cristales pintados con óleo blanco, se alineaban a lo largo de la acera, aproximadamente a dos metros de altura. Debajo de cada ventana se abría un ventanuco enrejado, colocado a un palmo del suelo y de unas dimensiones no mayores que las de un cuaderno normal apaisado. Los cristales de estas ventanas no estaban pintados, pero estaban tan sucios que por la noche, cuando se daba el caso de que se encendieran las luces, no se podía ver nada a través de ellos. Pero, por otro lado, incluso aunque absurdamente se hubiera podido ver algo, ¿quién se habría atrevido a mirar? Los habitantes de la ciudad tenían cuidado de cruzar a la otra acera algunas decenas de metros antes y de caminar más rápido y con los ojos fijos en el suelo cuando pasaban por delante del edificio; aunque —o quizás precisamente porque— todo el edificio parecía deshabitado, y no se veía a nadie entrando o saliendo, ni se oían ruidos, e incluso la luz que conseguía atravesar la pintura opaca era tan carente de intensidad que podías dudar de su existencia. Y así como sentíamos todos, sin que nos lo hubiera dicho nadie, que era mejor no mirar, también sabíamos que era mejor no pronunciar su nombre. Así pues, lo mismo que con «Bărgană», nos acostumbramos a que aquella palabra tuviera dos significados, uno de los cuales reinaba en el diccionario y era indiferente a todos, mientras que el otro, pronunciado sólo en el pensamiento, pero omnipresente, soplaba como un viento —más débil unas veces, otras más agitado, pero capaz siempre de derribarlo todo— por encima de mi infancia.
Ana Blandiana. Proyectos de pasado. Traducción de Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Editorial Periférica.