Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 12 de enero de 2018

El séptimo pozo. Fred Wander

El narrador de El séptimo pozo se pregunta cómo contar una historia. Un compañero del campo de concentración, un viejo y sabio judío que cuenta pequeñas historias y sabe captar la atención de quien le rodea, recordando un mundo anterior a las alambradas y la guerra, le da la solución: tomar distancia para observar mejor aquello que nos rodea, que el yo sea el narrador pero no el protagonista, mirar al otro a la cara para hablar del mal, los campos de exterminio, las víctimas, los muertos o el hambre, ser el canal transmisor de historias, llegar a una verdad pura aunque no se sea testigo, aunque no sea exacta pero sí real, El séptimo pozo no como un libro testimonial sino con apariencia de novela.

El séptimo pozo se construye a través de las historias y de los hombres que acompañan a Wander en el horror de los campos, cada capítulo parece un relato corto donde un hombre es protagonista, un músico que toca un blues con sus dedos sobre la madera, un muchacho que trabajaba en los crematorios, un sastre que recuerda con nostalgia los trajes que realizaba, un niño que ayuda y salvaguarda a los otros niños de su pabellón, un niño que es un padre para ellos, que no recuerda el significado de la libertad, un idealista y revolucionario francés que acaba sucumbiendo a las historias sobre la vida de sus compañeros judíos muertos, un hombre que abandonó los estudios de medicina y que acabó en la enfermería del campo, hombres que luchan por sobrevivir en el infierno hasta que se apartan a un lado en las largas caminatas sabiendo que recibirán un disparo en la cabeza. Hay más, por supuesto, soldados rusos que enmascaran el dolor de un pie hinchado, muchachos sin apenas ropa atados a postes en espera de la muerte por congelación, hijos que ven morir a sus padres y padres que se preguntan qué y a quién encontraran a su regreso a casa.


Pero cuando regrese, dice Feinberg de noche en el bloque dieciséis, si llego a vivirlo y puedo regresar a la vivienda del bajo en la rue des Roisiers, me quedaré de pie y miraré, las paredes hablarán: Aquí has vivido, dirán las paredes, aquí has criado y educado a tus hijos, dónde están ahora, ¿cómo los has protegido? Y yo responderé: He creído, he confiado en Dios. Era feliz, diré. Cada día era feliz. Tenía problemas, me peleaba con mis seres queridos, con mi esposa, con mis hijos, maldecía, cometía pecados de todo tipo, mentía, miles de pequeñas mentiras decía, ésa fue mi vida. Y, sin embargo era feliz, fueron mis años más bellos, con mis hijos, con mi mujer, todos juntos… Pero los paredes exigirán cuentas, preguntarán: Aquí te has sentado y has desperdiciado tu tiempo. Has soñado. Has estado soñando. No sabías nada. ¿Y qué ha pasado, dónde están ahora? – No lo sé, diré, y después lloraré. Pero las paredes estarán completamente frías: Ahora lloras porque te ha caído la desgracia. ¿Entonces no lloraste? Y sin embargo el mundo estaba lleno de miseria. ¿No lo veías?
Lloraré pero no entenderé nada. Comprendemos el dolor de los otros, hallamos incluso palabras de consuelo, consejos para otros que lo han perdido todo. Nuestro propio dolor resulta inconcebible. No hallamos consuelo ni consejo. Y por eso huyes de la gente que te da consejos, porque no saben y no han sufrido. Te escondes. Hablas con las paredes. Sólo ellas saben. Sólo ellas callan porque saben…

Y todas estas historias permiten a Wander salvar del olvido a un puñado de hombres, darles un nombre y un pasado (nombre que niega a los soldados de las SS, a los que llama bota altas), describir su hambre o sus ideas o su muerte, un retrato que les haga permanecer en nuestra memoria. Y en estas historias, el ruido de los raíles y los vagones de aquellos trenes que cruzaron Europa con su cargamento de seres humanos hacinados, los trabajos forzados en fábricas de madera o en canteras al aire libre, el pan duro como única comida durante días, la lucha por una patata y, también, la generosidad, los traslados en largas caminatas, las horas pasadas a la intemperie en formación, bajo la lluvia o el frío y la muerte de alguno de ellos en la espera, las columnas de cadáveres en los campos sin crematorio. Y en esas historias, que terminan en la liberación de los supervivientes por las tropas americanas, están los soldados alemanes, sin nombre, que no consideran seres humanos a los prisioneros y ven en esa condición ajena a lo humano una forma de excusar sus acciones.

Hay algo poderoso en Wander, confronta el horror de los campos de exterminio con la naturaleza circundante, el presente donde el pan es una obsesión y los sacos de cemento un complemento contra el frío con el recuerdo de los viejos tiempos y de las antiguas creencias y las preguntas por el regreso a casa, la crueldad de los soldados con un compañerismo casi infantil, en el sentido de una amistad y un amor leales y sin límites, que lleva a compartir el pan o a esconder a los heridos de los guardias para evitar su ejecución, un amor y una amistad que sorprenden, el último refugio ante la barbarie.

Por último, me gustaría mencionar la cita de Rabí León de Praga con la que Wander inicia su libro: El séptimo pozo, agua del alborozo, libre de toda impureza; inmune a la suciedad y la turbidez; de inmaculada transparencia; presta para la descendencia venidera, que de la tiniebla surjan, los ojos claros, los libres corazones. El séptimo pozo es un libro excepcional capaz de hablar sobre el amor o la purificación en el Holocausto judío.










El ser humano carga piedras, arrastra madera, revienta piojos con las uñas, se pelea por una patata, busca un clavo oxidado en el camino para poder colgar por la noche su chaqueta de la pared del barracón, cose mitones de un trozo de toldo que ha robado, se aprieta las heridas, se lamenta, gime, reza y también llora en la oscuridad, aprende a sonarse la nariz con un dedo la espalda hacia el viento, envuelve en harapos sus pues enfermos, asa una patata después del trabajo y devora su ración de pan. ¿De qué vive el ser humano?
Mientras arrastra madera y revienta piojos con las uñas, su alma humillada se recoge en profundos espacios desconocidos. Observa a los compañeros de prisión como un hombre que se ha caído bajo una manada de lobos y está esperando que lo descuarticen. Pero escucha hacia dentro, se asombra del patético rostro de un muerto, se asombra de un cristal de hielo, respira llenándose la nariz del perfume de los bosques puros y busca, busca las desaparecidas huellas de belleza en su vida, busca de pronto a un compañero que pueda escuchar, y cuando lo encuentra se extasía de su pasado, despliega un cuadro tras otro. Porque tiene que sacarlo a gritos: ¡Soy un ser humano! ¡A mí me respetaban!, le gustaría exclamar. Me amaban, tenía un hogar, una mujer e hijos, tenía amigos. Hice el bien y no exigí ningún agradecimiento a cambio. He visto cosas hermosas, conozco el olor de las ciudades antiguas. Podía haber hecho todo y haber alcanzado todo, si no lo hice, si no lo alcancé, fue sólo porque no sabía, no tenía idea… Quisiera exclamar todo eso, brillar, lucirse, encandilarse sin cesar. No puede, le faltan las palabras, le falta el arte. Pero de eso vive el ser humano, de no haber agotado el sueño de su bella vida perdida, de la libertad y de la pureza del corazón.
Fred Wander. El séptimo pozo. Traducción de Teresa Ruiz Rosas. Galaxia Gutenberg.

domingo, 7 de enero de 2018

típica estampa navideña

Quién sabe, puede que el viaje no haya sido en balde. Tal vez haya aprendido algo sobre mí mismo que desconocía. Especulaba sobre mi epifanía mientras espiaba a una mamá Noel en la tienda del aeropuerto. La minifalda roja, la redondez de sus nalgas, las medias trasparentes, el gorrito navideño ladeado. En el televisor se mostraba una gran nevada en el norte de Estados Unidos. Típica estampa navideña, titulaban. Y yo pensaba en los más de treinta grados en Buenos Aires el veinticinco de diciembre y en que era verano y no invierno, en las pequeñas barricadas ante los colegios judíos y los monumentos en recuerdo de la migración árabe de los parques. Por una vez, la Navidad carecía del significado conocido, diciembre era cálido y agotador, había miles de dioses que no reconocían al niño del pesebre ni a los tres reyes magos, ni siquiera tenía que seguir el calendario gregoriano, podría estar en el año cinco mil si me encontrase al otro lado del mundo y no en este dos mil cinco. Creábamos señales y las llenábamos de un sentido propio. Dicho de otra manera, una vez que delimitamos un hecho y le damos un sentido, eliminamos un sinfín de posibilidades. El veinticinco de diciembre nieva y todos celebramos la Navidad.
Regresaba a casa tras un mes en la Argentina. Me había dirigido al norte, lugar de choros, me avisaban antes de explicarme su significado: ladrones. ¿Lo ven? Por un instante choro fue cualquier cosa, paletos o una tribu indígena como los ona, pero no, ya no, choro es nuestro vulgar ratero. Viajaba sin prisa por una ruta no siempre asfaltada y veía banderas rojas y pequeños altares en los arcenes de las carreteras. Es por el Gauchito Gil, volvían a aclararme, un antiguo forajido reconvertido en santo milagrero, un muerto que anda entre los vivos, alguien a quien rezar imposibles. Nunca faltaba nadie que me explicase aquello que desconocía. Sentían mi acento español y se acercaban para confesarme que les tiraba la sangre y me preguntaban por la madre patria, me hablaban de sus abuelos murcianos o castellanos viejos, eso decían, y me preguntaban si eran hermosos esos lugares y cuánto costaba el pasaje de avión. Cuanto más al norte, más descendientes de españoles me encontraba. Y cuanto más al norte, mayor la sensación de estar ante un reflejo. Quiero decir, cruzaba ciudades llamadas Córdoba, La Rioja o Belén. Entonces, imaginaba a nuestros conquistadores llenos de miedo y pasmo en estas tierras ignotas, y cómo bautizaban los asentamientos con nombres del viejo mundo para acotar el salvajismo de este nuevo.
Les confieso una cosa. Mi viaje era una huida de esos días típicamentenavideños donde comía y bebía hasta gatear por el suelo y felicitaba las fiestas a cada persona, conocida o no, con la que me cruzaba. Me sentía arrastrado por una energía superior a mí y necesitaba poner distancia con ella, vivir estos días sin villancicos, los fantasmas dickensianos, las lágrimas de James Stewart y la capa de Ramón García.
Y ahora les cuento el momento culmen de mi viaje. Me había detenido en San Miguel de Tucumán a comer algo rápido en un bar de la plaza Independencia. Fuera, tres hombres vestidos de gauchos cabalgaban entre el tráfico. Llevaban sombrero, poncho y bombacha. Y boleadoras. El calor del asfalto les hacía parecer un espejismo, tres Martín Fierro salidos del desierto. Desmontaron frente al bar y entraron a pedir agua para los caballos. Era el único cliente en las mesas. Me preguntaron de dónde venía. Les dije la ruta que había tomado, Buenos Aires, Rosario, Santiago del Estero y que me quedaban Salta y Jujuy antes de regresar al punto de partida y volver a casa en el año nuevo. Antes de salir del bar y desaparecer, se acercaron uno a uno para darme algo, una antigua moneda de dos pesos, un puñado de hojas de coca para el mal de altura, una bolsita con la tierra roja de los valles calchaquíes.
Y aquí estoy ahora, en Ezeiza, contemplando las largas piernas de una mamá Noel mientras siento que he aprendido algo sobre mí. Y querrán saber qué es, ¿verdad? Ahí fuera hay un mundo de señales y, si respiro y me dejo llevar, puedo ver tres reyes magos en tres tipos duros y lacónicos, cruzar las casas bajas y antiguas de Belén y detenerme en un altar improvisado en medio de una ruta desértica para rezar a un santo milagrero.

viernes, 5 de enero de 2018

cartas

Era un soñador, Emilio. Y algo cándido e inmaduro. En Navidad, cuando las columnas de cajas se acumulaban en la oficina y nosotros maldecíamos toda aquella correspondencia, Emilio nos deseaba buen reparto y salía con esa mirada suya de niño que creía en lo invisible y lo lejano. Nos llamaba mensajeros de felicidad. Y lo creía realmente.
Emilio llegó a Bilbao en los años sesenta. Apenas había dejado la maleta en el suelo de la estación cuando un hombre le ofreció trabajo en Correos. Llevaba dos días de viaje, se sentía abrumado y agotado y ese hombre dictó su destino. No seguiría camino. Este pueblo fronterizo que le asignaron sería su lugar. En aquellos tiempos pocos aceptaban, me decía con una sonrisa nostálgica, para recordar, a continuación, el viejo apeadero de tren, las sacas grandes y blancas que recogían del vagón correo, la pequeña oficina donde repartía la correspondencia y escuchaba en silencio a sus vecinos.
Y fue su silencio, tranquilo y amable, el que lo convirtió en una especie de confesor del pueblo. Hombres y mujeres le describían sus primeros amores, los bailes en las romerías de su juventud, una emboscada en el Ebro, los gestos taciturnos de los tíos y abuelos que regresaban de hacer las Américas más pobres y más encogidos; o le pedían que escribiese por ellos una carta, porque esa letra suya es clara y sencilla, le decían; o abrían delante de él los paquetes con manchas de aceite y le chismorreaban viejas venganzas del pueblo que abandonaron años atrás mientras compartían un trozo de pan y chorizo. De noche, Emilio escribía un diario con las historias de sus vecinos y diferenciaba los matices en las voces cuando le dictaban cartas para los padres y el temblor de manos al hablar de antiguas emociones.
Me gustaría hacer un paréntesis en este panegírico para hablaros de sus diarios. Había algo extraordinario en ellos, la magia de quien capta una verdad oculta en lo cotidiano. Emilio escribía sobre las cartas que seguían recibiendo los muertos años después de su fallecimiento, los nombres tachados en los buzones y el resentimiento que transmitían algunas cruces sobre el metal, sobre los recibidores vistos desde el umbral, las viejas fotografías en blanco y negro y el olor de las casas, cada uno diferente y único, los lamentos por la caligrafía perdida de los más viejos, la correspondencia acumulada en los buzones y la cara de expectación de los niños cuando le daban en mano la carta a los reyes magos y Emilio les prometía que las haría llegar a tiempo pero sin descubrirnos la dirección última de los magos de oriente, niños que ahora somos adultos y recordamos las gomas y los sellos que nos regalaba Emilio como símbolo de nuestra infancia.
La casa de Emilio era un pequeño museo. Conservaba los diferentes uniformes de cartero que tuvo, las carteras de cuero que desgastaba en un par de años de reparto a la intemperie, los libros de certificados con su letra clara y las firmas de los vecinos —algunas garabatos abstractos, otras legibles y redondeadas—, los matasellos que dibujaban fechas de 1987 ó 1999, los más de cuarenta diarios escritos. Emilio era la memoria, y eso significaba darse cuenta del paso del tiempo de una manera casi atroz. En sus últimos años, Emilio se sintió desplazado. Apenas se escribían cartas. Y desaparecieron los paquetes manchados de aceite que olían a chorizo y vainas y que llegaban de aldeas de nombres extraños, Lamas, Barcia, Santa Comba. El mundo se transformaba y Emilio pertenecía a un pasado que se desvanecía delante de nuestras narices: las grandes salas de cine, los carretes de fotos, las máquinas de escribir y, lo peor entre todo, las cartas, tragadas por la rapidez y la inmediatez.
Sólo los niños seguían viendo la magia en un cartero.
Tal vez por ellos, y por el niño que todos llevamos dentro y que silenciamos por miedo a la decepción, Emilio quiso hacer de su última Navidad un regalo a nuestra nostalgia y nuestra fantasía. Recuerdo verlo llegar a la oficina con su viejo uniforme gris y azul y una cartera de cuero gastado llena de cartas, el nudo perfecto de la corbata y los símbolos de la corneta y la corona en la gorra. No consigo imaginar el tiempo que tardó en escribir aquellas cartas dirigidas a cada uno de nosotros y que reproducían nuestra propia vida y nos hablaban de algo íntimo que habíamos olvidado o perdido. Vimos entrar a Emilio en los portales y buzonear las cartas y, poco a poco, esa mañana de diciembre su mundo detuvo, por un instante, su desaparición.
En mi carta, Emilio nombraba a mis muertos y me los mostraba vivos y jóvenes, hombres y mujeres que soñaban y amaban y lloraban, que volvían a tener mi edad y no los temblores y la ceguera de sus peores días; y recordaba el niño que fui, altivo y tímido al mismo tiempo, soldado de caballería y científico, explorador de mundos extraterrestres y ratón de biblioteca; y terminaba pidiéndome que me dejase llevar por aquellos caminos que parecían no ir a ningún sitio, porque en esos caminos ocultos se escondía lo inesperado. 

lunes, 1 de enero de 2018

Años luz. James Salter

Es el tiempo y la luz lo que rodea a los personajes de Años luz, el tiempo que transcurre rápido y sin estridencias y los arrastra hacia un futuro temido sin que se den cuenta, la luz que cambia en cada estación y pasa de una claridad a veces cegadora a la penumbra y el caos. Ese tiempo y esa luz avanzan por las vidas de Viri y Nedra y los arrolla o los acuna, dejando a ambos con un poso de tristeza y de algo incompleto, de un conocimiento que llega tarde: la valentía como motor de una vida libre.

Años luz es la lucha de Nedra por alejarse de su vida acomodada junto a Viri, sus amantes que la complementan y la llenan de vida y la ausencia palpable cuando se marchan, sus viajes a Nueva York para encontrarse con una realidad electrizante tan diferente de su familia, el sueño de Europa que es el sueño de una vida de conocimientos, viajes y amores. Y es la lucha de Viri por ser un famoso arquitecto y por conservar su vida, la falta de valentía para afrontar los cambios y buscar algo que lo impulse a nuevos estadios. El matrimonio de Viri y Nedra como una apacible luz de atardecer, un amor ya consumido, los gestos cotidianos en las cenas y los encuentros con los amigos, los deseos que ante los demás parecen ir parejos pero que en la intimidad muestran la distancia entre ambos, los momentos donde el matrimonio renace en veranos familiares y parecen volver el uno al otro, un hombre, una mujer y dos niñas que forman una comunidad secreta, una felicidad plena. El tiempo agranda las grietas y separa a los cónyuges y muestra las vulnerabilidades y las disonancias que les definen, la vida que creen vivir y la que realmente están viviendo.


Su vida es misteriosa, es como un bosque; desde lejos parece una unidad que es posible comprender y describir, pero más cerca empieza a separarse, a disolverse en luz y sombra de una densidad que ciega. Dentro de esa vida no hay forma, sólo un detalle prodigioso que llega a todas partes: sonidos exóticos, astillas de luz solar, follaje, árboles caídos, animalillos que huyen al oír el crujido de una rama, insectos, silencio, flores.
Y todo ello, dependiente, estrechamente entretejido, todo eso es engañoso. Hay en realidad dos clases de vida. Hay, como dice Viri, la que la gente cree que estás viviendo y hay la otra vida. Es esta otra la que causa el problema, la que anhelamos ver.

Salter realiza algo difícil y hermoso en Años luz. Muestra el devenir de una pareja en apariencia feliz y describe los claroscuros de su relación, los instantes donde alcanzan entendimiento y felicidad y los momentos donde la separación de sus mundos es enorme, la búsqueda de libertad de Nedra frente a la comodidad de Viri. Salter habla de la pasión y el amor como de la luz, algo que nos ciega, algo que nos muestra lo que está oculto, algo que es bello y triste a la vez. Y esa es la mejor manera que tendría para definir esta novela, algo bello y triste, la vida que pasa y qué somos capaces de hacer con ella, si somos sinceros y valientes o nos dejamos arrastras únicamente por el tiempo sabiendo que es una cobardía.

Hay un momento crucial en la novela, la asunción de Nedra del pasado como algo borroso y la imposibilidad de revivir las emociones que en otros tiempos eran fuertes y seductoras, y es ahí donde se naufraga si se queda atrapado al sentimiento de pérdida o se sobrevive al saberse libre e independiente.


¿Adónde va?, pensó, ¿adónde se va?
La desconcertaban las distancias de la vida, todo lo que se perdía en ellas. Ni siquiera lograba recordar —no llevaba un diario— lo que le había dicho a Jivan la primera vez que almorzaron juntos. Se acordaba sólo de la luz del sol que la incitaba al amor, la certeza que sentía, el vacío del restaurante mientras hablaban. Todo lo demás se había erosionado, ya no existía.
Las cosas que ella creyó imperecederas —imágenes, olores, el modo en que él se ponía la ropa, los actos profanos que la habían pasmado— se oscurecían ahora, se tornaban falsas.

Salter encuentra en esta pareja en apariencia modélica una forma de hablar de la búsqueda de la felicidad, de nuestros sueños y anhelos, del paso del tiempo y los cambios que traen, de llegar al instante donde descubrimos que no estamos a merced de nadie. Años luz es una gran novela.










No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños... hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar. Hemos tenido hijos, pensó; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es despilfarrar nuestra vida...

***

Yacía solo entre las sábanas de la cama todavía caliente. Se había subido las mantas hasta la cintura, notaba algo mojado, denso y frío debajo de una pierna; solo en aquella ciudad, solo en aquel mar. Los días se desperdigaban alrededor, estaba ebrio de días. No había logrado nada. Tenía su vida —no valía gran cosa—, que no era como una que, aunque consumada, hubiese sido realmente notable. Si hubiese tenido el valor, pensó, si hubiese tenido fe. Nos protegemos como si eso fuera importante, y siempre lo hacemos a expensas de otros. Nos acaparamos. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios, y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe.
James Salter. Años luz. Traducción de Jaime Zulaika. Ediciones Salamandra.

viernes, 29 de diciembre de 2017

un año en lecturas

a) Philip Roth ha sido una constante este año. Las relaciones paterno filiales, el papel del escritor judío dentro de la comunidad, la creación artística, la fama y el silencio del creador, el mundo de los emigrantes que llegaron a Estados Unidos en busca de otra tierra donde vivir y que se apaga ante el relevo de los hijos y sus nuevas vidas, la ciudad de Newark, la infancia tras la segunda guerra mundial, los héroes caídos en desgracia, el sexo y el amor, la ironía, la verborrea y la comicidad no exenta de tragedia. He pasado de las novelas recopiladas en Zuckerman encadenado, donde Roth muestra los inicios de su alter ego, la visita a un viejo escritor judío, sus primeros relatos, sus fantasías con una Anna Frank viva, el peso de la fama por su novela Carnovsky, su bloqueo y enfermedad en La lección de anatomía o la búsqueda surrealista de un manuscrito en La orgía de Praga, al Zuckerman adulto que da un paso atrás y relata la vida de un hombre sencillo elevado a héroe y luego a villano en Me casé con un comunista, segundo libro de la llamada Trilogía americana, en la que Roth repasa la historia reciente de Estados Unidos y describe la quiebra de un ideal, qué se escondía tras el sueño americano. Entre medias, El mal de Portnoy, ese monólogo genial y delirante de un hombre judío ante su psicólogo y el libro de memorias Patrimonio. Dos lecturas entre las aventuras de Zuckerman para unir hilos y novelas, el Portnoy de Roth con el Carnovsky de Zuckerman, el padre de Zuckerman con el de Roth, la difusa barrera entre realidad y recreación. Roth es inteligente y bufón, es profundo y caótico, es un escritor que se enfrenta a sus raíces y las cuestiona a la vez que las extraña. Termino el año con La contravida.

b) Las mejores lecturas de este año, además de El mal de Portnoy y Zuckerman desencadenado de Roth, han sido los relatos de William H. Gass en En el corazón del corazón del país, sobrios y violentos, y los de Ana Blandiana en Proyectos de pasado, los textos de Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes, el grupo indescriptible que forma John Fante en La hermandad de la uva, la doble realidad de La vida breve de Onetti, el testimonio de Wiesel en La noche y la Vida con estrella de Weil, la escritura de Salter en Años luz, la aventura en Bajo cielos inmensos de Guthrie Jr. y la degradación en Indigno de ser humano en Dazai, la poesía de Billy Collins, Isabel Bono y Blaga Dimitrova, el ensayo Dispara a todo lo que se mueva de Nick Turse, que muestra la guerra de Vietnam en toda su crudeza, y La voz del Amo de Lem.

c) Las decepciones las encabeza Auster con su 4321, una novela sin tensión que desaprovecha una buena idea, las vidas posibles de un muchacho, y se queda algo vacuo y aburrido, los textos de Murakami en De qué hablo cuando hablo de escribir, que no aportan nada nuevo, la tontería que es La dulce envenenadora de Paasilinna, Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, de la que esperaba mucho y se quedó en casi nada, y la recopilación Gatos, de Bukowski.

d) Los objetivos lectores para el nuevo año. Disminuir la altura de las tres pilas de lecturas inmediatas que tengo y en los que están Mircea Cărtărescu, Hermann Ungar, Sergio Pitol, Thomas Wolfe, Saul Bellow, Nikolái Gógol, Hermann Broch, Ernesto Sabato o Ted Chiang, seguir con Philip Roth y releer Matadero cinco de Kurt Vonnegut y Rock Springs de Richard Ford.
















e) Una lista completa de lectura

04) Pregúntale al polvo - John  Fante
06) Una casa en Bleturge - Isabel Bono
10) El mal de Portnoy - Philip Roth
11) El hielo en el fin del mundo - Mark Richard
18) La mujer de la arena - Kobo Abe
19) La lección de anatomía - Philip Roth
22) Patrimonio. Una historia verdadera - Philip Roth
23) Elogio de la nada - Christian Bobin
25) Réquiem/Poema sin héroe - Anna Ajmátova
26) La dulce envenenadora - Arto Paasilinna
31) De qué hablo cuando hablo de escribir - Haruki Murakami
33) Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo - Chimamanda Ngozi Adichie
35) Haciendo planes - Karmelo C. Iribarren
38) La literatura nazi en América - Roberto Bolaño
40) Pequeños incidentes (antología poética) - Karmelo C. Iribarren
45) Que viene el lobo - Itziar Mínguez Arnáiz
47) Mientras me alejo - Karmelo C. Iribarren
48) De otra vida - Federico del Barrio/Isabel Bono
50) Wikipoemia - Itziar Mínguez Arnáiz
54) QWERTY - Itziar Mínguez Arnáiz
58) Picnic en Hanging Rock - Joan Lindsay
59) Hielo seco - Isabel Bono
60) Me casé con un comunista - Philip Roth
61) 4 3 2 1 - Paul Auster
63) La canción de Mercurio - Isabel Bono
65) Gatos - Charles Bukowski
66) Lo seco - Isabel Bono
67) Cutter y Bone - Newton Thornburg
69) Plata quemada - Ricardo Piglia
71) La hermandad de la uva - John Fante
72) La presencia pura - Christian Bobin
74) Bajo las estrellas de otoño - Knut Hamsun
77) El declive - Osamu Dazai
78) La tumba del tejedor - Seamus O´Kelly