Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 23 de junio de 2017

Los pichiciegos. Rodolfo Fogwill

Viven bajo tierra. Como aquellos bichos, los pichiciegos. En un refugio/madriguera. Durante el día se cuentan historias protagonizadas por judíos. Hablan de Gardel. De culear. De los milicos y los montoneros. Y recuerdan su vida fuera de Las Malvinas. Sienten las bombas que tiran los aviones sobre la tierra, la guerra desencadenada en la superficie. De noche buscan provisiones. Hacen intercambios con los ingleses o los argentinos. Se esconden tras las rocas para que no les peguen un tiro y se cagan de frío. Ven descender los aviones y las trayectorias extrañas de los misiles. No quieren ser un soldado helado (un muerto). Ni acarrear fríos (heridos). Regresan al calor del refugio y esperan. Su comunidad se divide entre los Reyes Magos, aquellos que construyeron la madriguera y se escondieron en ella para no participar en la guerra, los almaceneros, que apuntan y distribuyen los víveres, cigarros, alcohol, comida, los que salen en misiones nocturnas para abastecerse, los que callan y duermen porque se saben prescindibles. Son los pichis. Son jóvenes, soldados, desertores. Y tienen miedo.

Fogwill escribe sobre un puñado de soldados argentinos y la guerra de las Malvinas sin necesidad de escenas de combates ni parlamentos antibelicistas. Muestra a un grupo de desertores, su madriguera, su espera al final de la guerra, muchachos rosarinos, cordobeses, tucumanos embarcados en una guerra que les es ajena, su miedo a ser descubiertos, a morir, sus días bajo tierra y las noches a la intemperie en busca de víveres en una isla fantasmal donde sólo parecen quedar ovejas, hablan de la situación argentina, los militares en el poder, los aviones sobre el mar y los hombres y mujeres lanzados al mar desde miles de pies de altura, ven la guerra desde otro lugar, el sonido de los aviones y misiles, las explosiones lejanas, los días finales de largas colas de soldados rendidos. Forman una pequeña comunidad fuera de la guerra y apartados de la vida, sólo les quedan la espera y el final.

Y mientras esperan, es miedo lo que sienten los soldados. Miedo a una bala, algo tangible y momentáneo, y miedo al mismo miedo, algo que no se separa de la piel, que condiciona cada instante de la vida de los pichis y hace salir el instinto de cada uno a la superficie, acumular cosas, ser más inteligentes o más cautos, hacerse invisibles. Los pichiciegos es ese miedo constante, es la angustia del momento, es la claustrofobia del encierro, es saberse en suspenso y sentir dentro del pecho ansiedad por una bala perdida, una misión de abastecimiento fallida, ser expulsados del refugio al día y la intemperie. Y en ese miedo visiones de monjas entre nubes.

El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traes aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ése que siempre llevas y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico —a un bombardeo, a una patrulla— pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda.

Los pichiciegos queda como una novela extraña y atrayente, un acercamiento subterráneo a la guerra de Las Malvinas y a un puñado de muchachos que deciden no tomar parte de ella. Y alrededor de esa decisión, la política argentina, la vida que han dejado atrás los soldados y el destino que les espera.










Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbiaba con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión.
Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo —todo quemado— como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete explotó a un jeep: cuentan que cada uno de esos cohetes británicos les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

( … )

Los Reyes no rezaban, nadie rezaba. Casi nadie creía en Dios. Él dudaba: Viterbo decía no creer. El Turco seguro que no creía en nada y el Ingeniero, que era hijo de evangelistas, decía creer cuando sentía miedo; después no.
Y entre los pichis, nadie rezaba. Aunque: ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir y se acostaban callados, pensaban y rezaban para adentro?
Nadie lo puede descartar. ¿Verdad? Los Magos decían que Pugliese se estaba volviendo loco porque una noche, volviendo con Acosta de un viaje a la Intendencia, contaron que mientras esperaban la oscuridad para entrar al tobogán sin delatar el sitio donde lo habían disimulado, cuando estaban todavía enterrados en la sierra, habían sentido voces de mujeres. Que no eran malvineras, dijo Acosta, y que hablaban casi como argentinas, con acento francés. Él no las vio, las escuchó. Pero Pugliese dijo que él corrió a verlas, que se desenterró de la arenilla para verlas porque sintió que estaban cerca, y se asomó entre las piedras y vio dos monjas, vestidas así nomás de monjas, en el frío, repartiendo papeles en medio de las ovejas que les caminaban alrededor.
El Turco dijo que Pugliese se estaba volviendo loco. Los otros dijeron que eran visiones que se les producían por el cansancio. Acosta, que había estado en las piedras al lado de Pugliese, dijo que podía ser, pero que él había oído a las mujeres hablar y a las ovejas balar y que lo que se oye no es una visión, y que después sí vio a Pugliese acercarse haciendo un ruido con los dientes que le dio miedo; más miedo del que siempre llevaba.
Los Magos convencieron a todos de que Pugliese estaba medio loco. Muchos se vuelven locos. El Turco los puteaba porque con la historia de las monjas habían perdido no sé qué paquetito que les mandaban los de Intendencia:
—Lentos y mentirosos. ¡Y para colmo boludos y ahora locos! —recriminaba el Turco.
Pero la noche siguiente, después de la comida, llegó Viterbo con García. Habían salido a campear un cordero.
De vuelta en el calor, tomando media botella de Tres Plumas, todavía temblaban.
Miraban a Pugliese. Lo miraban al Turco. Miraban a los otros y hablaban muy bajito. Contaba Viterbo:
—Las vi yo, las vio él. Hablaban. Así, como dijo Pugliese la otra noche. Dos monjas. ¡Hacía diez grados bajo cero, al menos! Le hablaron a él, a García.
El estudiante quería interrumpir, castañeteaba, hacía que sí con la cabeza y trataba de dibujar con las manos una monja en el aire.
—¿Qué eran?
—Eran monjas. ¡Las vimos! —tartamudeaba Viterbo—. Hablaban. Había corderos con ellas: las seguían.
—¿Y por qué no agarraste uno? —jodió alguien.
—Aparecieron de repente, del aire, de esa neblinita que flota arriba del suelo cuando se para el viento, nacieron.
Rodolfo Enrique Fogwill. Los pichiciegos. Editorial Periférica.

sábado, 17 de junio de 2017

silencio ciego

Empezó con pequeños olvidos, alguna palabra que no acaba de recordar, la confusión en el nombre de las calles, las compras que se quedaban a la mitad. En los primeros días me miraba traviesa, como una niña cogida en renuncio, se divertía con sus despistes y describía a aquellos días como sus días misterbean. Luego, me cogía de la mano para no sentirse perdida o se quedaba quieta en mitad del pasillo, la mirada sorprendida, ella que parecía sumida en las tinieblas y pedía ayuda, un faro, un camino de vuelta. Una vez pusimos un nombre a sus olvidos sacamos nuestros recuerdos de los armarios y las cajas. Superponíamos cartas, fotografías, collages, postales, tapas de libros, mapas y cuadernos en las paredes, una vida en exposición. Bajo una fotografía suya de aquellos días donde hicimos el camino al fin del mundo había una postal de nuestra hija con su letra infantil y un puñado de hojas secas de cuando recogíamos piedras y hojas y flores para crear nuestros amuletos y rituales. Cada día repasábamos una parte de la casa, nuestros primeros viajes, los mapas con cruces a bolígrafo, los cuadros comprados en la calle, las viejas cartas de Tarot que hablaban de buenas energías o de algo que estaba por empezar. Ella se despedía de su vida, yo me despedía de nosotros. Nos mirábamos y sabíamos que nuestro pasado empequeñecía. Nuestro pasado y ella. Llegaron los días del terror y la confusión, su vida plegada en miles de dobleces, los tiempos y las caras desajustados, los silencios como única conversación. Veía cómo su cuerpo menguaba poco a poco y su mirada perdía la calidez de las emociones. Una vez me confundió con nuestra hija. Me abrazó y me susurró un cuento para dormir y me habló de dioses convertidos en rocas, dioses tumbados en la costa norte, sus pies que sobresalían en el mar y la cara pétrea que observaba el cielo, esperando el momento de volver a la vida y tomar aquella tierra de nuevo, me dijo que no tuviese miedo de esos dioses, de su silencio ciego, que ellos y yo éramos parte del universo y que ese universo nos enviaba señales, sólo que a veces no sabíamos cómo interpretarlas. Ella me susurraba y yo le agarraba la mano con fuerza, creía que así la retendría en mi presente. O se despertaba de noche llorando porque volvía a ser niña y tenía miedo a la muerte, no a su muerte, sino a la mía, decía que no quería verme morir, tampoco a mamá o los abuelos. Su voz  pura y triste se parecía a la de nuestra hija cuando tuvo el mismo miedo, hace ya medio siglo. Volví a ser el padre de una niña aterrorizada, y le conté lo mismo que a ella, que yo tardaría muchos años en morir, que la muerte formaba parte de la vida, que no era un final sino un inicio, le hablé del pueblo de mi padre, la costumbre de plantar un árbol por cada nacimiento y cómo, con los años y el abandono, aquellos árboles pasaron de celebrar la vida a recordar ausencias y muerte y, si te sentabas bajo su sombra, los muertos nos hablaban a través de ellos en los días de viento, porque el viento y los árboles conformaban su lenguaje. Y como a nuestra hija, le prometí que iríamos a la casa de mi padre a plantar un árbol, un carballo que crecería a la par que ella y que le serviría como mediador entre los vivos y los muertos. Su mirada se apaciguó, quería ser árbol y aprender el lenguaje del viento. Iremos en tren, me dijo, y yo asentí. Y en el tren reía con el traqueteo o se sorprendía con una luz solitaria en el horizonte o con alguien que nos saludaba al vernos pasar en mitad del atardecer. O se agazapaba y se quedaba inmóvil. La guié por el pueblo de casas de piedra y tejas de pizarra. Acariciaba la palma de su mano con mi dedo índice, aquel gesto de nuestros primeros días, y ella a veces asentía y a veces miraba las casas y a mí extrañada. Nos sentamos bajo el carballo que planté años atrás para mitigar el miedo de una niña de cinco años. Pensé en lo que me dijeron con la primera muerte, que el dolor purifica. Veía las ramas desnudas del carballo y los restos de nuestras iniciales grabadas en el tronco, veía a mi mujer retraída en un lugar inaccesible. El dolor no purifica, el dolor arrasa y deja un vacío que se agranda cada día, el dolor permanece y aprendes a convivir con él. Allí, bajo el carballo, los dos en silencio, escuchamos la voz de nuestra hija en el viento y las ramas.

jueves, 8 de junio de 2017

En el corazón del corazón del país. William H. Gass

No sé cómo hablar de En el corazón del corazón del país. A veces sucede. Que un libro ha llegado tan profundo que no sabes qué decir sobre él. Cualquier palabra y cualquier reseña se quedarían cortas ante lo leído, no mostrarían las diferentes emociones que te han acompañado durante doscientas o trescientas páginas, la tensión, el desconcierto, la tristeza, la aventura, el descubrimiento, la ruindad, la ternura, la soledad o el frío, no expresarían con precisión la iniciación de un muchacho en un paraje nevado, la muerte que deja atrás, la muerte que tal vez le espere delante del camino, o las casas en ciudades del medio oeste norteamericano, desde las que mirar y ser observado,  casas habitadas por seres anodinos que intentan salvaguardar los carámbanos en su entrada, hombres de miradas crueles, mujeres que entrevén en los insectos muertos en el suelo de las habitaciones una verdad o un poeta que capta las impresiones de aquello que le rodea, que lo une a sus sentimientos, a su vida pasada, presente y futura.

El poso que me han dejado estas novelas cortas y relatos. Está adentrarse en un nuevo territorio, donde las palabras (y el espacio que se acrecienta entre ellas) se refieren a la fragilidad, la soledad y la observación, donde se mezclan la tensión y la inestabilidad de la entrada al mundo adulto con la turbación de una vida que se escapa entre las manos, seres deshabitados, desolados y faltos de amor. Gass escribe la palabra precisa y no preciosa, enfrenta a sus personajes con el paisaje, usa la nieve de manera inquietante, la blancura que esconde y ciega, que entorpece y es refugio, que borra huellas y caminos y oculta algo terrible, pone a sus personajes en un porche o en una ventana donde seguir la vida de los otros y formular juicios de valores apoyados en una extraña ética, hace de esas ventanas una frontera y de esos personajes algo inquietante.

Dos relatos, como ejemplo. La novela corta El chico de los Pedersen, un paisaje nevado, la granja de los Segren, la aparición de un muchacho que habla de un extraño en la casa de sus padres, el padre Segren y sus dos hijos que desandan el camino del muchacho entre una blancura aterradora. Jorge Segren narra esa aventura por el paisaje nevado, la idea del muchacho que deja en su casa, el enigma del extraño al final del camino, el mismo camino que desaparece y el frío que amenaza con congelar a los tres. Gass hace algo cercano al mito, a lo sacro en esta novela, la iniciación, la prueba para entrar al mundo adulto, la sombra delante del camino y dentro del muchacho. Espacia las palabras, el hueco entre ellas que se agranda, las conversaciones que por momentos son secas y violentas, la aventura en sí. El relato que da título al libro y que se aparta ligeramente de esa precisión y violencia de los textos anteriores para dar la palabra a un poeta que observa la vida cotidiana, alguien capaz de ver aquello que permanece oculto o apenas entrevisto, de dar vida con su mirada a los seres grises que los rodean, que deja constancia de la soledad de que existe en lo más profundo del país, en lo más profundo del corazón del ser humano.

En el corazón del corazón del país es excepcional, junto a Zuckerman encadenado y La voz del amo, lo mejor que he leído en lo que va de año.










Billy Holsclaw vive solo –es imposible imaginar hasta qué punto. En la oficina de correos acapara la conversación hablando sobre el tiempo. Sacude la cabeza en un salvaje flujo de palabras, y yo interpreto esta violencia como una medida de su ansia por hablar. Necesita un buen afeitado, su rostro se ha cubierto de hollín, escupe al hablar y se pellizca nervioso los harapos. Se tambalea a merced del viento cuando me voy, con una bolsa de papel aplastada bajo el pliegue de su brazo y las hojas levantadas por el aire pasando a su lado, y nuestro encuentro me lleva a tomar triste conciencia de la poesía –donde no hay respuestas. Billy cierra su puerta y lleva carbón o leña al fuego y cierra los ojos, y sencillamente no hay manera de saber hasta qué punto está solo y vacío, o si se siente tan deshabitado y desolado y falto de amor como el resto de nosotros –aquí, en el corazón del país.
William H. Gass. En el corazón del corazón del país. Traducción de Rebeca García Nieto. La navaja suiza editores.

martes, 6 de junio de 2017

José Emilio Pacheco en En resumidas cuentas

Las palabras de Buda

Todo el mundo está en llamas.
                                                Lo visible
arde y el ojo en llamas interroga.

Arde el fuego del odio.
                                     Arde la usura.
 Arde el dolor.
                       La pesadumbre es llama.
Y una hoguera es la angustia
en donde arden
                         todas las cosas:

Llama,
           arden las llamas,
fuego es el mundo.
                              Mundo y fuego
Mira
       la hoja al viento,
tan triste,
                 de la hoguera.



Alta traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.



Contra la Kodak

Cosa terrible es la fotografía.
Pensar que en estos objetos cuadrangulares
yace un instante de 1959.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.
No son el verso sino el crujido
de nuestra irremediable cacofonía.



Ciudad maya comida por la selva

De la gran ciudad maya sobreviven
Arcos, desmanteladas construcciones, vencidas
por la ferocidad de la maleza.

En lo alto el cielo en que se ahogaron sus dioses.

Las ruinas tienen
el color de la tierra.
Parecen cuevas
ahondadas en montañas que ya no existen

De tanta vida que hubo aquí, de tanta
grandeza derrumbada, sólo perduran
las pasajeras flores que no cambian.



El fuego

En la madera que se resuelve en chispa y llamarada,
luego en silencio y humo que se pierde,
miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida.

Y te preguntas si habrá dado calor,
si conoció alguna de las formas del fuego,
si llegó a arder e iluminar con su llama.

De otra manera todo habrá sido en vano.
Humo y ceniza no serán perdonados,
pues no triunfaron contra la oscuridad,
leña que arde en una estancia desierta
o en una cueva que sólo habitan los muertos.



En resumidas cuentas

¿En dónde está lo que pasó
y qué se hizo de tanta gente?

A medida que pasa el tiempo
vamos haciendo más desconocidos.

De los amores no quedó
ni una señal en la arboleda.

Y los amigos siempre se van.
Son viajeros en los andenes.

Aunque uno existe para los demás
(sin ellos es inexistente),

tan sólo cuenta con la soledad
para contarle todo y sacar cuentas.



Informe de Jonás

Intenté huir de Dios que me ordenaba
predicar contra Nínive.
Me embarqué rumbo a Tarsis.
Se desató la tempestad.
Fui arrojado
para aquietar las olas.

Me rodearon las aguas hasta el alma.
Las algas se enredaron en mi cabeza.
La tierra echó sobre mí sus cerrojos.
Y me trago el gran pez finalmente.

En el temible vientre de la ballena encontré
procesos digestivos, violencia pura, cardúmenes,
una teoría del estado moderno, una imagen
del desamparo humano, un retorno
al paraíso prenatal, irrigado
por el fluir de la corriente sanguínea.

Y en mi habitada soledad tuve tiempo
para reflexionar en la esperanza: algún día
¿nuestra vida ya no será, como la llamó Hobbes,
tan sólo breve, brutal y siniestra?



Titánic

Nuestro barco ha encallado tantas veces
que no tenemos miedo de ir hasta el fondo.
Nos deja indiferentes la palabra catástrofe.
Reímos de quien presagia males mayores.
Navegantes fantasmas, continuamos
hacia el puerto espectral que retrocede.
El punto de partida ya se esfumó.
Sabemos hace mucho que no hay retorno posible.
Y si anclamos en medio de la nada
seremos devorados por los sargazos.
El único destino es seguir navegando
en paz y en calma hasta el siguiente naufragio.



Memoria

No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.

A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.
José Emilio Pacheco. En resumidas cuentas (Antología). Edición de Hernán Sánchez. Visor.

lunes, 29 de mayo de 2017

Dispara a todo lo que se mueva. Nick Turse

La matanza de ancianos, mujeres y niños en My Lai no fue un hecho aislado en la guerra de Vietnam. Es lo que trata de explicar Nick Turse en su ensayo Dispara a todo lo que se mueva, la guerra no como un combate contra un ejército enemigo, sino como un espacio de fuego libre donde cualquier persona es un objetivo, ya sean campesinos, francotiradores o bebés, y los poblados y campos han de ser arrasados hasta que no quedase un atisbo de vida. Y lo hace de manera detallada, con informes desclasificados, cartas de soldados, actas de consejos de guerra, expedientes y comunicaciones del alto mando, reportajes y noticias de la época, declaraciones de los periodistas, soldados y supervivientes de las matanzas. Turse inicia su libro con un repaso a las cuatros horas donde miembros de la Compañía Charlie destrozaron My Lai y las raíces de la guerra que se hunden años atrás, los tiempos de Vietnam como una colonia, la división en dos del territorio, la promesa de unas elecciones que nunca se llevaron a cabo por miedo al triunfo comunista.

My Lai, que fue un hecho conocido y repudiado en su momento, opacó las demás matanzas sobre la población civil. Turse (de)muestra cómo los mandos militares y políticos plantearon una guerra donde las matanzas y los crímenes eran una estrategia y no algo aislado fruto de un puñado de manzanas podridas. Vietnam no es sólo la derrota del ejército norteamericano y las mentiras continuas de las diferentes administraciones sobre las motivaciones y la deriva de la guerra, también (sobre todo), el drama de los campesinos de Vietnam del Sur, atrapados en una guerra que no entendían y su negación a dejar atrás sus hogares, sus campos de trabajo y a sus ancestros por los suburbios de Saigón o los campos de internamiento en los que pasar hambre y miseria.
   .
Alcanzar el punto crítico, el momento en el que los soldados norteamericanos mataran a más enemigos de los que sus adversarios vietnamitas pudieran reemplazar. La idea del punto crítico era brutal, la manera de saber si se llegaba a él era a través de los recuentos de bajas, y obtener un buen número de bajas se convirtió en el objetivo del ejército norteamericano. Se incentivaban las bajas con permisos y medallas, se daban instrucciones poco claras, se presionaba para conseguir un número determinado de muertos para, luego, superarlos en los siguientes combates. Desde el entrenamiento en Estados Unidos se inculcaba a los futuros soldados que los vietnamitas estaban por debajo de lo humano, se les animaba a matar, matar, matar. Una vez en combate, muchachos lejos de su hogar, con miedo e ideas preconcebidas, asumían el disparar a todo lo que se moviera como parte de la guerra. Los mandos ocultaban los informes de las matanzas, hacían consejos de guerra que eran una farsa, seguían presionando por un recuento de bajas alto, aunque en esas bajas hubiese más campesinos que combatientes vietnamitas.

Turse detalla el sistema de combate del mando americano en Vietnam, la presión ejercida sobre los soldados, la zona de fuego libre, convertida en una sucesión de cráteres, aldeas quemada y fosas comunes, esa guerra que siempre estuvo a punto de ser ganada y que acabó por ser una derrota dolorosa. Más allá de My Lai hubo centenares de matanzas. Se respondía al fuego de un francotirador con napalm y artillería que arrasaba los poblados de campesinos, se entraba en esos poblados y se mataba a todo lo que se moviera, seres humanos y animales, se violaba y mutilaba a ancianos y mujeres, se destrozaban los cuerpos de los bebés, se colocaban armas para disfrazar la matanza en un enfrentamiento con el vietcong, pero los números mostraban la verdad, por cientos de muertos vietnamitas ninguna arma y ninguna baja americana. Eran gooks, no humanos, y esa idea del mando arraigó en muchos soldados.

Los helicópteros sobre los arrozales y los artilleros esperando una señal para disparar sobre los hombres que trabajaban en los campos, las mujeres violadas y luego asesinadas, las aldeas quemadas y los ataques a sampanes de pescadores, la defoliación y los herbicidas tóxicos, las granadas en los búnkeres y los ancianos molidos a golpes, los campos de internamiento donde morir por inanición, las celdas tipo jaulas de tigre que convertían a hombres en seres deformes. Turse muestra la guerra que se ocultó al pueblo norteamericano, aquella que produjo millones de bajas civiles de manera consciente. Y lo hace gracias a los testimonios de quienes lucharon por mostrar la verdad al volver a su tierra, con documentos del alto mando y cartas de soldados que describen, asolados, qué ocurría en su compañía, lo hace con números, con las palabras de los supervivientes, con recortes de prensa y reportajes no publicados. El trabajo y las pruebas son inmensos.

Dispara a todo lo que se mueva deja una pregunta al aire, qué tipo de guerra libra Estados Unidos tras Vietnam.








El asesinato de una docena de civiles aquella noche de octubre de 1967, varios meses antes de la matanza de My Lai, es apenas una nota a pie de página en la historia empapada en sangre de la guerra de Vietnam. Sin embargo, en la historia de Trieu Ai se puede ver prácticamente, como en un modelo reducido, el desarrollo de toda la guerra. Aquí estaban repetidos el bombardeo aéreo y el fuego de artillería machacando a la población rural casi diariamente y obligándola a meterse en los búnkeres subterráneos. Aquí estaba el incendio deliberado de las casas de los campesinos y el traslado de sus moradores a campamentos de refugiados, donde sus movimientos eran estrictamente controlados por el gobierno. Y aquí estaba también el resultado inevitable del entrenamiento de los soldados: las incesantes consignas de «Mata, mata, mata», la deshumanización de los dinks, gooks, «vietnamitas-de-mierda», «ojos-oblicuos», y la insistencia constante en que incluso las mujeres y los niños pequeños debían ser considerados enemigos potenciales
Los elementos clave presentes en Trieu Ai se repiten una y otra vez en los expedientes de los crímenes de guerra y los recuerdos de los excombatientes. Soldados furiosos preparados para asestar golpes, a menudo después de sufrir bajas en la unidad, civiles atrapados en su camino, y oficiales en el campo emitiendo órdenes ambiguas o ilegales a jóvenes condicionados para obedecer: ésa fue la receta básica de gran parte de los asesinatos en masa llevados a cabo por los soldados de Ejército y los marines a lo largo de los años.

***

Hubo que esperar a la primavera de 1970 para que la historia de Henry apareciera por fin en la prensa, publicada en el primer número de una revista dedicada a la revelación de escándalos y que iba a ser de corta vida, Scanlan´s Monthly. En una conferencia de prensa, manifestó a los periodistas que «incidentes similares a los que he descrito ocurren a diario y difieren unos de otros sólo en el número de personas asesinadas». Al día siguiente aparecía en Los Angeles Times un breve artículo sobre estas observaciones, e investigadores del Ejército se reunieron finalmente con Henry para una entrevista. Pero aunque se quedaron una declaración jurada suya de diez páginas, a estas alturas Henry tenía ya muy poca fe en la justicia militar. «Nunca tuve la impresión de que estuvieran haciendo algo», me decía años más tarde.
Sin embargo, Henry no se dio por vencido. En enero de 1971, reunió a más de un centenar de excombatientes de Vietnam que testificaron en Detroit en un acto organizado por la VVAW que ellos llamaron «Investigación Soldado de Invierno» (El nombre se tomó de un panfleto escrito por el patriota revolucionario Thmas Paine en 1776, que comenzaba: «Éstos son tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres. El soldado de verano y el patriota del buen tiempo se abstendrá de prestar servicio a su país en esta crisis, pero el que se mantiene firme ahora, merece el agradecimiento de hombres y mujeres»). Una vez más Henry transmitió su experiencia a la audiencia, con escalofriantes detalles:

Entramos en una pequeña aldea. Diecinueve mujeres y niños fueron rodeados como sospechosos vietcongs. El teniente que los reunió llamó al capitán por radio y le preguntó qué debía hacer con ellos.
El capitán se limitó a repetir la orden que había dado el coronel aquella mañana. La orden era disparar a todo lo que se moviera […]. Cuando yo caminaba hacia él, me volví, y miré hacia el lugar, miré hacia donde estaban los vietcongs, los supuestos vietcongs, y vi a dos hombres que sacaban de una choza a una joven, de unos diecinueve años, muy hermosa. No llevaba ropa, así que supuse que la habían violado, lo que era perfectamente SOP [estándar operating procedure] –el «procedimiento operativo habitual» para civiles– y fue empujada el montón de las diecinueve mujeres y niños. Entonces cinco hombres colocados alrededor del círculo abrieron fuego con sus M-16 automáticos. Y ése fue el final de todo.
Nick Turse. Dispara a todo lo que se mueva. Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas. Sexto Piso.

viernes, 26 de mayo de 2017

Chimamanda Ngozi Adichie en Todos deberíamos ser feministas

En 2003 escribí una novela titulada La flor púrpura, sobre un hombre que, entre otras cosas, pega a su mujer, y cuya historia no termina demasiado bien. Mientras estaba promocionando la novela en Nigeria, un periodista, un hombre amable y bienintencionado, me dijo que quería darme un consejo. (Los nigerianos, como quizá sepan, siempre están dispuestos a dar consejos no solicitados.)
Me comentó entonces que la gente decía que mi novela era feminista, y que el consejo que me daba —y me lo dijo negando tristemente con la cabeza— era que no me presentara nunca como feminista, porque las feministas son mujeres infelices porque no pueden encontrar marido.
Así que decidí presentarme como «feminista feliz».
Por aquella época una académica, una mujer nigeriana, me dijo que el feminismo no era nuestra cultura, que el feminismo era antiafricano, y que yo solo me consideraba feminista porque estaba influida por los libros occidentales. (Lo cual me pareció divertido porque gran parte de mis lecturas de juventud eran decididamente antifeministas: antes de los dieciséis años debí de leer todas las novelas románticas de Mills & Boon que se habían publicado. Y cada vez que intentaba leer los que se consideraban «textos clásicos del feminismo» me aburría y me costaba horrores terminarlos.)
En cualquier caso, como el feminismo era antiafricano, decidí que empezaría a presentarme como «feminista feliz africana». Luego una amiga íntima me dijo que presentarme como feminista significaba que odiaba a los hombres. Así que decidí que iba a ser una «feminista feliz africana que no odia a los hombres». En un momento dado llegué incluso a ser una «feminista feliz africana que no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos para sí misma y no para los hombres».
Por supuesto, gran parte de todo esto era irónico, pero lo que demuestra es que la palabra «feminista» está sobrecargada de connotaciones, connotaciones negativas.
Odias a los hombres, odias los sujetadores, odias la cultura africana, crees que las mujeres deberían mandar siempre, no llevas maquillaje, no te depilas, siempre estás enfadada, no tienes sentido del humor y no usas desodorante.
Chimamanda Ngozi Adichie. Todos deberíamos ser feministas.  Traducción de Javier calvo. Random House.

lunes, 22 de mayo de 2017

Un simple vestido de fiesta. Christian Bobin

Decía Bobin en Elogio de la nada que le parecía inoportuno decir en veinte palabras lo que podía decir en diez y que a menudo bastaba con una palabra. Esa idea recorre los textos de Un simple vestido de fiesta, pequeños relatos en los que se entremezclan una mirada sencilla sobre lo cotidiano con la reflexión sobre el acto de escribir y leer, el hombre inútil, los extrarradios de chalets y tierra yerma. No hay una historia o una estructura detrás de los textos de Un simple vestido de fiesta, sino impresiones y algo entrevisto por el rabillo del ojo. Algo fugaz.

Leer a Bobin es acercarse a alguien que busca la pureza y la sencillez de la luz a partir de la oscuridad, que sabe que cada palabra y cada emoción van con su contrario, que en la felicidad hay pérdida y en la alegría espanto. Bobin es la escritura tranquila y la mirada poética, es descubrir el mundo a través de un paisaje, una voz, una luz, el silencio, una emoción, un descubrimiento que empieza de forma pequeña y humilde y acaba por significarlo todo.

Hay una dicha en Bobin que tiene un matiz de duelo y congoja, saberse fuera de las convenciones ante una vida en permanente movimiento, ante los deseos vacuos y la rapidez. Bobin equipara al lector con el escritor (No existe ninguna diferencia entre la lectura y la escritura. El que lee es el autor de lo que lee), habla de Racine, de Pasternak, de la Biblia, de manuscritos dirigidos a Rilke, de escribir sin miedo y sin dejar fuera la vida al desnudo, de leer grandes y largas novelas y que al final quede la imagen de tres gotas de sangre en la nieve o el rostro de un poeta.

Por momentos, siento la escritura de Bobin como una escritura sacra, la mirada maravillada ante la luz, el viento y el silencio, ante la vida en blanco y los paisajes detenidos, el amor como espera, espera, espera. Dos niñas pasean ante unos chalets idénticos y Bobin rescata el viento en sus melenas y se acuerda de Jonás en la ballena y su mensaje de destrucción a un pueblo señalado por dios y cómo ese pueblo, entonces, deja de pensar en el mañana y se reencuentran con la gracia de vivir. Bobin escribe dios en minúsculas y es ahí donde está su mirada, en lo pequeño y humilde, en la palabra y el silencio.










Para qué sirve leer. Para nada o casi. Es como amar, como jugar. Es como rezar. Los libros son rosarios de tinta negra, cada cuenta rodando entre los dedos, palabra tras palabra. Y qué es exactamente rezar. Guardar silencio. Es alejarse de sí mismo en el silencio. Tal vez es imposible. Tal vez no sepamos rezar como se debe: siempre demasiado ruido en nuestros labios, siempre demasiadas cosas en nuestros corazones. En las iglesias nadie reza salvo las velas. Ellas pierden toda su sangre. Consumen toda su mecha. No se reservan nada para ellas, dan todo lo que son, y ese don pasa a ser luz. La imagen más bella de la oración, la imagen más clara de la lectura, sí, sería ésa: el lento desgaste de una vela en una fría iglesia.

***

Yo te reconocía. Eras la que duerme en lo profundo de la primavera, bajo el follaje nunca apagado del sueño. Te adivinaba ya desde hacía mucho tiempo, en el frescor de un paseo, en el buen aire de los buenos libros o en la debilidad de un silencio. eras la esperanza de las grandes cosas. Eras la belleza de cada día. Eras la vida misma, de lo arrugado de tus vestidos al temblor de tus risas.

Me quitabas el sano juicio que es peor que la muerte. Me dabas la fiebre que es la verdadera salud.
Christian Bobin. Un simple vestido de fiesta. Traducción de José Areán y Tono Areán. Árdora Ediciones.