Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 17 de octubre de 2017

Proyectos de pasado. Ana Blandiana



En La iglesia fantasma, el último cuento de Proyectos de pasado, Ana Blandiana habla la coexistencia de lo real y lo irreal en mundos paralelos y cómo, en algunas ocasiones, se funden y mezclan para, al final, volver a sus respectivos mundos fortalecidos. Cada relato de Blandiana sigue esa máxima, lo real y lo irreal que se encuentran en un punto y cómo se alimentan el uno del otro para dar pasa a una fuerza nueva y clara donde lo real se incrementa por los elementos mágicos y lo irreal parece parte de lo cotidiano gracias a los detalles cercanos a la vida y la existencia corrientes. Un ejemplo sería el cuento El reportaje, donde una periodista llega a una isla artificial en el Danubio para informar de unas inundaciones y ve cómo los soldados agarran la tierra con sus manos y los esqueletos de las fosas comunes para evitar que acabe arrastrada por la marea, la sensación de pesadilla y milagro en lo real. O en el mismo La iglesia fantasma donde se unen leyenda y realidad en la vieja historia de una iglesia arrastrada por el río con una docena de hombres dentro, las visiones de esa iglesia años más tarde y con los hombres entonando una extraña canción, como símbolo de victoria o muerte según el punto del Danubio en la que se vea.


Existen tantas modalidades de lo fantástico que no es de extrañar que algunas de ellas puedan dar en ocasiones el salto a la realidad. A veces, la realidad misma sobrepasa arrogantemente sus fronteras y, entonces, las zonas superpuestas permanecen ambiguas durante años, decenios y aun siglos, y resulta incierto a qué dominio pertenecen. Después, por no se sabe qué casualidad, o simplemente por la erosión del tiempo, su doble naturaleza difumina uno de sus aspectos y la franja que antes era equívoca acaba cayendo a uno de los dos lados de la frontera, acompañada únicamente por el asombro de que antes las cosas hubieran podido parecer de otra manera. Claro está que, para un ojo avezado y capaz de ver más allá de las apariencias, ni el fluir de la realidad en los moldes de lo fantástico, ni la penetración de lo fantástico en el terreno de la realidad pueden conducir a conclusiones de mucha importancia, y el mero acontecer de un hecho no es capaz de sacarlo fuera del perímetro de lo imaginario, de la misma manera que las sombras fantásticas de un acontecimiento tampoco bastan para sustraerlo del imperio de la eficacia. Entre la realidad y la irrealidad hay una línea divisoria trazada desde la creación del mundo, y la transgresión de esta línea no supone su anulación, sino el poner a prueba su fuerza, de la misma manera que tomar una droga no significa menospreciarla, sino experimentarla. Lo real y lo irreal coexisten en mundos paralelos, independientes, y la mayor parte del tiempo son incluso indiferentes entre sí. Pero es verdad que, en los escasos momentos en que se funden, su unión resulta doblemente reveladora: un elemento fantástico, a través del tamiz de la realidad, regresa a lo imaginario, fortalecido por la autoridad de esta comprobación, mientras que un elemento objetivo que se vuelve irreal va adquiriendo significados capaces de transfigurar su existencia, de la que se ha evadido sólo por un instante.

***

Lo que hace bueno a Proyectos de pasado es la escritura de Blandiana, profunda, densa, a veces críptica, donde habla de la realidad rumana a través de historias que parecen mitos o cuentos cuando no pura invención. Ahí están las figuras angelicales que se repiten en varios cuentos, una manera de subvertir la realidad, de adentrar los simbólico en una tierra y una época dominadas por la dictadura comunista de Ceauşescu. En los cuentos de Blandiana, poblados por imágenes oníricas, se habla de un régimen que destruyó los campos y los símbolos del pasado, que se basó en la censura, las cartillas de racionamiento, el miedo y los campos de trabajo. Y ese hablar de la dictadura a través de lo simbólico da paso a momentos excepcionales, como la profesora que busca una gallina clueca para evitar las largas colas y esperas y acaba con una docena de pequeños ángeles en su balcón, una iglesia tapada por infinidad de nidos de golondrina en una aldea donde sólo hay ancianos y los campos se han convertido en tierra yerma y errática, una representación para un conocido actor que le habla de la realidad que se vive fuera de los escenarios, los recuerdos que una mujer tiene de la última cena de su padre antes de ser detenido, el ambiente claustrofóbico y mudo de esas horas en la noche y la sensación de tiempo suspendido o los deportados a un bosque y sobreviven en una cárcel sin muros y levantan un nuevo hogar.

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Esa unión fugaz de lo real y lo irreal, el ambiente opresivo y extraño, los trazos oníricos, las historias que hablan de falta de libertad y un mundo que se desmorona ante los nuevos tiempos dan a los cuentos de Blandiana un mismo tono. No hay una fractura entre los relatos, fluyen como parte de un todo.

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El cuento que da título al libro habla de un bosque como cárcel. Los invitados a una boda son deportados (con cargos desconocidos) a un bosque. Sin guardianes ni muros, los hombres y mujeres del mundo se sentirán, al principio, vigilados, incapaces de buscar una salida, de idear una fuga. Con los años, construyen una pequeña comunidad utópica. Son deportados, culpables de no se sabe qué, no hay muros ni vigilantes, y sienten una libertad única al no vivir en las ciudades ni tener relación con otros conciudadanos ni con el régimen dictatorial. Durante años viven de la tierra, construyen una casa común, nacen nuevos miembros en la comunidad mientras otros mueren, hay un regreso a la naturaleza, a la esencia del ser humano, olvidan la cárcel que es el bosque porque fuera existe una cárcel mayor. Cuando los liberan años más tarde no sabrán cómo reintegrarse a una sociedad sometida y añorarán sus días de robinsones.

***

Hay milagros y figuras mitológicas, hay inundaciones bíblicas e iglesias arrancadas de su base y arrastradas tierra adentro a un nuevo pueblo, hay ángeles y pueblos destrozados, hay una  mujer que se descubre dentro de un sueño e incapaz de llegar a sus orígenes o a la identidad del soñador se tumba a dormir para ser la soñadora y no lo soñado, hay una corriente subterránea que habla del terror y de una época y una tierra que no es libre, hay, sobre todo, una escritora que se adentra en la fantasía y la irrealidad de una manera realista.










Mi memoria no abarcaba más de lo que acabo de contar: el mar, que se había apoderado de la playa, la ventisca, mi paseo a lo largo del acantilado, la zona prohibida. Y ahora descubría las huellas materiales de esta historia infinitesimal, borradas aún antes de que desaparecieran también de mi conciencia. ¿No es posible que hubiera habido algo antes, otra cosa, otros recuerdos tal vez, igual de insignificantes, cuyo rastro hubiera sido eliminado con cuidado, hasta desaparecer por completo, no sólo de la nieve, sino también de mí misma? Claro que antes tuvo que haber existido algo, una finalidad, un sentido, un acontecimiento que me trajera hasta aquí, que me hiciera venir. Pero no recordaba nada, todo empezaba en mi mente con la imagen de ese mar de color marrón, envuelto en brumas, con flecos sucios por la espuma helada en la costa, con ese mar ajeno, reconocido únicamente gracias a aquella prohibición inamovible que me obligaba a desandar mi propio camino, dirigiéndome contra la ventisca hostil y contra la pregunta cada vez más apremiante: ¿cómo he venido a parar aquí?

***

Lo que voy a contar no me pasó a mí. Por aquel entonces yo era todavía una niña y solamente oía, de vez en cuando y sin comprender muy bien de qué se trataba, que aquello les había pasado a otros. Y si algo permaneció en mi memoria fue la palabra «Bărgană», envuelta por todas aquellas cosas que despertaban terror en la mente de una niña, que dejaba de asustarse de dragones y ogros, fantasmas y brujas para empezar a asustarse, de manera mucho más misteriosa y, por tanto, infinitamente más terrible, de las palabras corrientes, palabras que los demás pronunciaban con un espanto que, incomprensible y amplificado, se le transmitía también a ella. «Bărgană» era una de esas palabras. Otra era «llevar». «Creo que esta noche me van a llevar a mí también», oí decir a mi padre, y sin necesidad de que me lo explicaran, comprendí que era el anuncio de la mayor desgracia que podía pasarle. Después, mi padre desapareció, y el verbo «llevar» representó para mí el vocablo, pero no el significado, de aquella desaparición, el signo mágico, grabado como un estigma identificador en la cara ensombrecida de mi madre, en la voz alterada de la maestra cuando me hablaba en la escuela o en la mirada esquiva de los vecinos cuando llamaban a sus hijos para que dejaran de jugar conmigo. Por el contrario, «Bărgană» no era un signo, sino una representación. Decían «los llevaron al Bărgană», o «este ya no volverá del Bărgană»; yo me lo imaginaba como un círculo del infierno, un foso muy grande a donde, sin orden ni concierto, eran arrojados, por fuerzas oscuras pero infinitamente poderosas, toda clase de hombres y mujeres cuya culpa no acababa de comprender y a quienes todos lloraban como a difuntos. Cuando, más tarde, en las clases de geografía, descubrí con sorpresa que el Bărgană era un territorio fértil y extenso, no me quedó más remedio que admitir que se trataba de dos palabras inconexas entre sí, y cuyo parecido era completamente accidental, lo cual no me libraba de sentir escalofríos, ante cualquier encuentro con el inocente homónimo de mis representaciones.
Experimenté la misma admiración, dudosa y desconfiada, cuando leí por primera vez en un diccionario el significado de una palabra que parecía expresar protección, defensa o custodia. Sin embargo, aunque eran transparentes y tenían apariencia de objetividad, las definiciones del diccionario me parecían sospechosas, como si, quién sabe con qué motivo, hubieran pretendido una tergiversación del significado auténtico y conocido desde hacía tiempo.
Para mí, aquella palabra era un edificio de un solo piso, largo, extraordinariamente largo para lo que era habitual en nuestra ciudad, formada por sólidas casas unifamiliares, con no más de tres o cuatro habitaciones grandes y altas dispuestas a un lado y a otro de la puerta maciza, por la que se accedía a una especie de corredor con techo de madera desde el que unos escalones de cemento llevaban al interior, y que conducía al patio con fuente, flores y avenidas de piedras de río. El edificio bautizado con aquel nombre, que los diccionarios habrían de presentarme después como tranquilizador, era distinto de estas casas habituales, y aunque tenía al menos cien años de antigüedad (había sido construido para quién sabe qué institución habsbúrgica, probablemente), estaba tan bien adaptado al terror actual que parecía hecho a su medida. Veinte o incluso veinticinco ventanas alargadas, con los cristales pintados con óleo blanco, se alineaban a lo largo de la acera, aproximadamente a dos metros de altura. Debajo de cada ventana se abría un ventanuco enrejado, colocado a un palmo del suelo y de unas dimensiones no mayores que las de un cuaderno normal apaisado. Los cristales de estas ventanas no estaban pintados, pero estaban tan sucios que por la noche, cuando se daba el caso de que se encendieran las luces, no se podía ver nada a través de ellos. Pero, por otro lado, incluso aunque absurdamente se hubiera podido ver algo, ¿quién se habría atrevido a mirar? Los habitantes de la ciudad tenían cuidado de cruzar a la otra acera algunas decenas de metros antes y de caminar más rápido y con los ojos fijos en el suelo cuando pasaban por delante del edificio; aunque —o quizás precisamente porque— todo el edificio parecía deshabitado, y no se veía a nadie entrando o saliendo, ni se oían ruidos, e incluso la luz que conseguía atravesar la pintura opaca era tan carente de intensidad que podías dudar de su existencia. Y así como sentíamos todos, sin que nos lo hubiera dicho nadie, que era mejor no mirar, también sabíamos que era mejor no pronunciar su nombre. Así pues, lo mismo que con «Bărgană», nos acostumbramos a que aquella palabra tuviera dos significados, uno de los cuales reinaba en el diccionario y era indiferente a todos, mientras que el otro, pronunciado sólo en el pensamiento, pero omnipresente, soplaba como un viento —más débil unas veces, otras más agitado, pero capaz siempre de derribarlo todo— por encima de mi infancia.
Ana Blandiana. Proyectos de pasado. Traducción de Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Editorial Periférica.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Buenas noches, dulces sueños. Jiří Kratochvil

a) Estamos en Brno en abril de 1945, es decir, las tropas rusas luchan contra los últimos y desesperados soldados alemanes atrincherados en una ciudad de edificios en ruinas y donde sus habitantes usan la estación de tren para sus mercadeos, joyas y jarrones se cambian por comida, el orden de los factores cambiado tras la guerra. Es en la estación donde, por un lado Kosta y Kuba se conocen e inician una búsqueda surrealista de Mr. Penicilin, un americano que lleva consigo un fabuloso medicamento, y, por otro, en un camino que irá siempre paralelo al de los dos amigos, Jindřich, un muchacho judío, se encuentra con una gitana que le habla del tiempo cero, un tiempo detenido donde se decide el futuro del mundo. Jindřich ha sobrevivido al exterminio escondido en una granja fuera de la ciudad. Regresa a la Brno de su infancia y adolescencia sin saber qué encontrar, sus padres muertos, la ciudad derruida, la única compañía de una gata habladora como guía en ese tiempo cero de la gitana.

b) No sólo hay un tiempo cero y un americano, Mr. Penicilin, con una nueva y milagrosa medicina, también una funámbula que ha decidido ser ciega porque ha perdido todo aquello que amaba en la guerra y recorre el cielo de Brno, un grupo de actores que recitan textos cómicos de casa en casa, un mundo subterráneo, soldados rusos que reclutan civiles como enterradores y arrastran los cuerpos muertos de las calles en pleno combate hasta los parques donde les dan sepultura, un muerto que vuelve a la vida,una boda entre gentes del circo o una frontera real (un muro extraño y elástico) que separa el centro de Brno, donde el tiempo cero habita y decide qué hacer con el mundo, del resto de la ciudad.

c) Los capítulos alternan la búsqueda de Kosta y Kuba con las andanzas de Jindřich por el tiempo cero, y en cada capítulo el narrador cambia de una tercera persona que narra desde una distancia omnisciente a una primera en la que uno de los personajes habla de su deambular por la ciudad en ruinas y su búsqueda homérica o se pregunta por su misión dentro del tiempo cero, si todo lo que sucede es parte de un sueño o, por el contrario, la realidad pura, cada personaje que habla confuso por aquello que ve y vive.

d) Como en En mitad de la noche un canto, Kratochvil mezcla con habilidad y humor realidad y fantasía, mueve a sus personajes por la ciudad de Brno en una búsqueda quimérica, pasa de un narrador en tercera persona a varios en primera, crea un puñado de escenas memorables donde la magia, el horror y la extrañeza entran en lo cotidiano para subvertirlo y elige un momento histórico concreto, en este caso el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, y reflexiona sobre ese tiempo tras el conflicto donde todo está por definir, la política, la economía, la sociedad en sí, el regreso a la vida de los supervivientes y el asentamiento de lo cotidiano. Kratochvil se mueve entre Hrabal y Kafka, entre lo tierno y lo surrealista.









Por favor, concédame aún un momento, le pidió. No nos queda mucho tiempo. En realidad, hasta mañana por la noche. Le contaré todo lo que puedo contarle. Pero lo más importante depende de usted. Yo solo soy su hada madrina, que ha ido a buscarle para avisarle de lo que le espera.
Vaya, ¡un hada madrina! ¡Cómo no se nos había ocurrido antes! Así que Jindřich se encontraba ahora a punto de empezar algo… Bueno, pues otra vez… ¿No sería todo esto solo una especie de decorado dispuesto con la única intención de confundirlo, algo que recubriría con unos cuantos velos a aquel con quien de verdad tenía que encontrarse? Ya no estaba seguro de cuál era la identidad de aquella mujer. ¿Estaría alguien jugando con él? y, en tal caso, ¿se trataría de un juego bueno o malo?
Entonces intentó explicarle lo que era el tiempo cero.
Este solo ha aparecido en la historia en contadas ocasiones. Pero ha aparecido ahora, al final de esta guerra, durante la extinción de ese obsceno imperio teutónico, con sus hornos de cremación, frente a los cuales las antiguas epidemias de peste son un paseo de niños. Después de todo esto llega el tiempo cero (leche negra de la madrugada, la bebemos al atardecer), este tiempo mínimamente detenido, en el que nada, ni grande ni pequeño, está aún decidido.
Con lo grande se refería al fluir de la historia, esa roca que nunca deja de rodar y que, solo mañana por la tarde, en realidad mañana por la noche (¿de verdad solo entonces?) descubriremos dónde cae. Solo entonces se verá, se decidirá, cómo será este mundo de la posguerra para el tiempo venidero. (…)
Pero no se levante aún. Todavía no he terminado. Debería ponerle al tanto al menos de lo más básico. El mundo no es ni será nunca justo. Esto por lo que acabamos de pasar es una prueba más de que es cruel y está lleno de odio. Y no existe ni la más mínima esperanza de que pueda ser distinto en su esencia. Pero el mal solo se puede realizar con la ocasional asistencia del bien. Necesita tener al bien a su lado, haciendo de contrincante, de contraste, de pantalla de proyección. El mal desaparecería sin la existencia del bien. Aunque también es cierto que el bien está aquí solo con permiso del mal. Sin embargo, eso puede considerarse hasta cierto punto una victoria del bien, porque, de ese modo la aguja de la balanza se inclina hacia el lado del mal, su platillo nunca desciende, nunca llega hasta abajo. Pero ni esto nos sale gratis. El mal necesita su contraste, pero no es capaz de crearlo de su propia esencia. Somos nosotros los que tenemos que esforzarnos en hacerlo, depende única y exclusivamente de nosotros.
Jiří Kratochvil. Buenas noches, dulces sueños. traducción de Elena Buixaderas. Impedimenta editorial.

domingo, 8 de octubre de 2017

reminiscencias

mi padre va y viene por sus recuerdos

empieza en un punto
de su juventud
y habla de un camino de polvo blanco
de muchachos con sueños inexplorados
y chicas que sentían la promesa de la tierra
ellos vestidos con su único traje
ellas de falda larga y jersey gris
dice que los muchachos pagaban la bebida
coñac y anís
y las muchachas las galletas
dice que se gastaban dos o tres pesetas
e ainda sobraba

entonces abre un paréntesis
que lo lleva a esta misma mañana
la tristeza de no poder desenroscar la cafetera
por el temblor en sus manos
el batallón de pastillas con el café
el beso con el que se despide de mi madre antes del paseo

y al instante otro paréntesis más
cuarenta años atrás
cuando vivía solo
y levantaba edificios con sus manos
lejos de su pueblo

en sus recuerdos no hay muertos
las muchachas siguen bailando con mirada confiada
y los muchachos sienten nostalgia y miedo por el futuro que les aguarda
es su vida presentándose ante él
una y otra y otra vez
diciéndole que puede ser hermoso de nuevo


domingo, 1 de octubre de 2017

Kanada. Juan Gómez Bárcena

El tiempo encerrado en el pequeño espacio de una habitación en Hungría, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, o el tiempo como una cinta de Moebius donde no hay una dirección ni un destino concretos sino que es un bucle y un momento preciso en una vida puede ser tanto pasado como futuro o el pasado que reaparece tras el futuro, el tiempo que convierte al protagonista de Kanada en víctima y culpable según qué dirección tome, un hombre destruido que regresa a su hogar tras la guerra y ve que su casa sigue en pie en mitad de la destrucción, y es esa casa lo único que le queda, un espacio donde resguardarse junto a un telescopio, un libro, el cuenteo de las baldosas del suelo y las visitas periódicas del vecino y su esposa con víveres, el regreso que al inicio es una repetición constante de pequeños gestos y hábitos y que se convierte en aislamiento, un ser humano entre cuatro paredes y, fuera, una vida que pasa y cambia de las huellas que ha dejado la guerra a la llegada del comunismo y de ahí de vuelta a los campos nazis mientras el protagonista vive aislado con sus números y sus recuerdos como chispazos y la sensación de estar en varios puntos del espacio y el tiempo.

No sólo es el tiempo lo que predomina en Kanada. Es cómo regresar a la vida tras pasar por una experiencia traumática, qué nos define como la persona que somos, cómo puede sobrevivir un hombre derruido. Todo transcurre en la cabeza del protagonista de Kanada, su regreso, su reclusión en su antiguo despacho, la vida fuera de la puerta que parece una sucesión de sombras, los recuerdos del campo de concentración, de la época donde era profesor y tenía familia, su cabeza una sucesión de espejos y reflejos que, por momentos, convergen en un mismo punto. Si se trastoca la dirección del tiempo, la vida de un hombre pasa a ser algo enigmático y se difuminan las barreras entre culpabilidad e inocencia, entre barbarie y supervivencia.

Kanada se inicia de manera enigmática ­­―ayuda la segunda persona en la que está narrada para esa extrañeza inicial, una voz en la que cuesta entrar pero a la que acabas por acostumbrarte―, un hombre enclaustrado y los gestos que lo agarran a una vida que ya no entiende ―como contar cada parte de su despacho y sentirlo infinito. Entramos en su rutina, en sus gestos maquinal y maniáticamente repetidos, en una especie de vacío que sólo su vecino y su esposa rompen con sus visitas y hacen que el mundo exterior cruce el umbral de la habitación. Están el silencio y los números y las repeticiones al inicio. Luego, el tiempo y los recuerdos y algo que se aclara: un campo de concentración, un pabellón donde se apilan las pertenencias de los judíos ejecutados, la supervivencia por inercia, la lucha fuera del despacho por la tierra y contra las tropas invasoras. Y al final, el tiempo que vuelve sobre sus pasos y cambia la perspectiva de todo.

Ha sido una buena lectura la de Kanada, una pequeña sorpresa, la escritura repetitiva y cotidiana y matemática de Juan Gómez Bárcena que crea una atmósfera extraña, el tiempo que se retuerce y que a veces está tratado como en La flecha del tiempo de Amis o recuerda a Philip K. Dick.








Prefieres cerrar los ojos y recordar los días previos a la guerra, cuando todavía enseñabas Astrofísica en la Universidad Pázmány Péter. Dices antes de la guerra como quien dice hace cien años. Como quien dice mi abuelo o mi padre fueron profesores de Astrofísica, o incluso anoche soñé que enseñaba en la Universidad Pázmány Péter. Pero no es un sueño, sino un recuerdo, y ese recuerdo no te sirve para regresar a las aulas por más que lo intentas. Kanada es una sensación, una sacudida, un golpe que no puede comprenderse y que por eso nunca se borra, mientras que tu vida previa a la guerra es apenas un concepto, una idea que se desvanece en cuanto se explica. Y tú, subido a la tarima, explicabas muchas cosas, ahora lo recuerdas, entre ellas el principio de incertidumbre de Heisenberg. Lo hacía frente al asombro de aquellos alumnos que parecían niños, que entonces no podían entender ―que quizá siguen sin poder entender, ahora que se han convertido en niños que parecen soldados― por qué la mirada tiene un peso; por qué al medir la posición y la velocidad de un cuerpo alteramos la velocidad y la posición de ese cuerpo. Deberías haberles contado esto, piensas, hablarles de esos cálculos laboriosos que sacrifican aquello que se afanan en contar, y ellos tal vez habrían entendido. Quién sabe si podrás contárselo algún día. A veces se te ocurre pensar que tus años en la universidad son tan borrosos porque todavía no han sucedido, porque no son más que proyectos que algún día llevarás a término. Por eso, mientras sientes caer al hombre que tienes a la izquierda, cierras los ojos y piensas: tengo que recordar esto, para que los niños soldados aprendan.
Pero nadie aprende nada, nunca. Tampoco los kapos, que tardan mucho tiempo en revisar a fondo los barracones, hasta dar al fin con el número que se les resiste.
Juan Gómez Bárcena. Kanada. Sexto piso.

martes, 19 de septiembre de 2017

fragmentos de Réquiem. Lêdo Ivo


En la Barra de São Miguel, ante el mar,
sólo ahora aprendo
que el día más largo del hombre
dura menos que un relámpago.

El tiempo no volverá a ser celebrado
entre las constelaciones.
El cielo y la tierra desaparecerán
en la ceniza desengañada
de los mañanas robados por la muerte.
Todo cuento amé ya se disuelve.
La nube escarlata se posa suavemente
entre las casas de tapial y el mar rasgado por las olas.

Llegó la hora de decir adiós al agua negra
que se eriza en la tiniebla de la laguna
y al viento planetario que seca el pescado
colgado en los maderos de las chozas
y el mar caeté que se abrió
ante los acantilados de mi patria perdida.

***

He amado siempre la neblina que esconde paisajes,
maniquíes, espantapájaros, espejos rotos.
He amado siempre la herrumbre, la erosión y la chatarra.

***

Felices quienes parten.
No quienes llegan a los puertos podridos.
Felices quienes parten y nunca regresan.

Que yo esté siempre en medio del camino
y mi viaje no se acabe nunca.
Felices quienes desconocen la estación final.

Felices quienes desaparecen en la niebla,
quienes abren las ventanas cuando la mañana nace,
Quienes encienden las luces de los aeródromos.

Felices quienes atraviesan los puentes
cuando la tarde se posa en los gasómetros como un pájaro.
Felices los dueños de un alma distraída.

Felices quienes saben que, al final de la travesía,
la Nada les espera, como un espantapájaros en un maizal.
Felices quienes se encuentran sólo en la pérdida y el viento.

***

Junto a las olas que mueren y renacen,
eterno retorno y eterno movimiento,
una vez más te llamo y no respondes.
Ahora sólo en sueños puedo ver tu sombra.
Sin duda volaste como un pájaro en la oscuridad
y fuiste más allá del sol y del trueno furtivo
y de la claridad del agua. Como todos los muertos
estás ahora donde no estás,
en el no-lugar que excluye toda esperanza.
Tan sólo la muerte enseña que los ángeles no existen.

Cuanto perdí, lo perdí para siempre.

***

Siempre me faltó sabiduría.
A lo largo de mi vida, poco aprendí
y ahora, ante el océano exacto y visible, ante el gran mar prosódico
nada sé sobre la travesía.
Después de tantos viajes, esta es la última frontera
que me cabe traspasar.
Lêdo Ivo. Réquiem. Traducción de Martín López-Vega. Ediciones El Gallo de Oro.