Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 29 de mayo de 2017

Dispara a todo lo que se mueva. Nick Turse

La matanza de ancianos, mujeres y niños en My Lai no fue un hecho aislado en la guerra de Vietnam. Es lo que trata de explicar Nick Turse en su ensayo Dispara a todo lo que se mueva, la guerra no como un combate contra un ejército enemigo, sino como un espacio de fuego libre donde cualquier persona es un objetivo, ya sean campesinos, francotiradores o bebés, y los poblados y campos han de ser arrasados hasta que no quedase un atisbo de vida. Y lo hace de manera detallada, con informes desclasificados, cartas de soldados, actas de consejos de guerra, expedientes y comunicaciones del alto mando, reportajes y noticias de la época, declaraciones de los periodistas, soldados y supervivientes de las matanzas. Turse inicia su libro con un repaso a las cuatros horas donde miembros de la Compañía Charlie destrozaron My Lai y las raíces de la guerra que se hunden años atrás, los tiempos de Vietnam como una colonia, la división en dos del territorio, la promesa de unas elecciones que nunca se llevaron a cabo por miedo al triunfo comunista.

My Lai, que fue un hecho conocido y repudiado en su momento, opacó las demás matanzas sobre la población civil. Turse (de)muestra cómo los mandos militares y políticos plantearon una guerra donde las matanzas y los crímenes eran una estrategia y no algo aislado fruto de un puñado de manzanas podridas. Vietnam no es sólo la derrota del ejército norteamericano y las mentiras continuas de las diferentes administraciones sobre las motivaciones y la deriva de la guerra, también (sobre todo), el drama de los campesinos de Vietnam del Sur, atrapados en una guerra que no entendían y su negación a dejar atrás sus hogares, sus campos de trabajo y a sus ancestros por los suburbios de Saigón o los campos de internamiento en los que pasar hambre y miseria.
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Alcanzar el punto crítico, el momento en el que los soldados norteamericanos mataran a más enemigos de los que sus adversarios vietnamitas pudieran reemplazar. La idea del punto crítico era brutal, la manera de saber si se llegaba a él era a través de los recuentos de bajas, y obtener un buen número de bajas se convirtió en el objetivo del ejército norteamericano. Se incentivaban las bajas con permisos y medallas, se daban instrucciones poco claras, se presionaba para conseguir un número determinado de muertos para, luego, superarlos en los siguientes combates. Desde el entrenamiento en Estados Unidos se inculcaba a los futuros soldados que los vietnamitas estaban por debajo de lo humano, se les animaba a matar, matar, matar. Una vez en combate, muchachos lejos de su hogar, con miedo e ideas preconcebidas, asumían el disparar a todo lo que se moviera como parte de la guerra. Los mandos ocultaban los informes de las matanzas, hacían consejos de guerra que eran una farsa, seguían presionando por un recuento de bajas alto, aunque en esas bajas hubiese más campesinos que combatientes vietnamitas.

Turse detalla el sistema de combate del mando americano en Vietnam, la presión ejercida sobre los soldados, la zona de fuego libre, convertida en una sucesión de cráteres, aldeas quemada y fosas comunes, esa guerra que siempre estuvo a punto de ser ganada y que acabó por ser una derrota dolorosa. Más allá de My Lai hubo centenares de matanzas. Se respondía al fuego de un francotirador con napalm y artillería que arrasaba los poblados de campesinos, se entraba en esos poblados y se mataba a todo lo que se moviera, seres humanos y animales, se violaba y mutilaba a ancianos y mujeres, se destrozaban los cuerpos de los bebés, se colocaban armas para disfrazar la matanza en un enfrentamiento con el vietcong, pero los números mostraban la verdad, por cientos de muertos vietnamitas ninguna arma y ninguna baja americana. Eran gooks, no humanos, y esa idea del mando arraigó en muchos soldados.

Los helicópteros sobre los arrozales y los artilleros esperando una señal para disparar sobre los hombres que trabajaban en los campos, las mujeres violadas y luego asesinadas, las aldeas quemadas y los ataques a sampanes de pescadores, la defoliación y los herbicidas tóxicos, las granadas en los búnkeres y los ancianos molidos a golpes, los campos de internamiento donde morir por inanición, las celdas tipo jaulas de tigre que convertían a hombres en seres deformes. Turse muestra la guerra que se ocultó al pueblo norteamericano, aquella que produjo millones de bajas civiles de manera consciente. Y lo hace gracias a los testimonios de quienes lucharon por mostrar la verdad al volver a su tierra, con documentos del alto mando y cartas de soldados que describen, asolados, qué ocurría en su compañía, lo hace con números, con las palabras de los supervivientes, con recortes de prensa y reportajes no publicados. El trabajo y las pruebas son inmensos.

Dispara a todo lo que se mueva deja una pregunta al aire, qué tipo de guerra libra Estados Unidos tras Vietnam.








El asesinato de una docena de civiles aquella noche de octubre de 1967, varios meses antes de la matanza de My Lai, es apenas una nota a pie de página en la historia empapada en sangre de la guerra de Vietnam. Sin embargo, en la historia de Trieu Ai se puede ver prácticamente, como en un modelo reducido, el desarrollo de toda la guerra. Aquí estaban repetidos el bombardeo aéreo y el fuego de artillería machacando a la población rural casi diariamente y obligándola a meterse en los búnkeres subterráneos. Aquí estaba el incendio deliberado de las casas de los campesinos y el traslado de sus moradores a campamentos de refugiados, donde sus movimientos eran estrictamente controlados por el gobierno. Y aquí estaba también el resultado inevitable del entrenamiento de los soldados: las incesantes consignas de «Mata, mata, mata», la deshumanización de los dinks, gooks, «vietnamitas-de-mierda», «ojos-oblicuos», y la insistencia constante en que incluso las mujeres y los niños pequeños debían ser considerados enemigos potenciales
Los elementos clave presentes en Trieu Ai se repiten una y otra vez en los expedientes de los crímenes de guerra y los recuerdos de los excombatientes. Soldados furiosos preparados para asestar golpes, a menudo después de sufrir bajas en la unidad, civiles atrapados en su camino, y oficiales en el campo emitiendo órdenes ambiguas o ilegales a jóvenes condicionados para obedecer: ésa fue la receta básica de gran parte de los asesinatos en masa llevados a cabo por los soldados de Ejército y los marines a lo largo de los años.

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Hubo que esperar a la primavera de 1970 para que la historia de Henry apareciera por fin en la prensa, publicada en el primer número de una revista dedicada a la revelación de escándalos y que iba a ser de corta vida, Scanlan´s Monthly. En una conferencia de prensa, manifestó a los periodistas que «incidentes similares a los que he descrito ocurren a diario y difieren unos de otros sólo en el número de personas asesinadas». Al día siguiente aparecía en Los Angeles Times un breve artículo sobre estas observaciones, e investigadores del Ejército se reunieron finalmente con Henry para una entrevista. Pero aunque se quedaron una declaración jurada suya de diez páginas, a estas alturas Henry tenía ya muy poca fe en la justicia militar. «Nunca tuve la impresión de que estuvieran haciendo algo», me decía años más tarde.
Sin embargo, Henry no se dio por vencido. En enero de 1971, reunió a más de un centenar de excombatientes de Vietnam que testificaron en Detroit en un acto organizado por la VVAW que ellos llamaron «Investigación Soldado de Invierno» (El nombre se tomó de un panfleto escrito por el patriota revolucionario Thmas Paine en 1776, que comenzaba: «Éstos son tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres. El soldado de verano y el patriota del buen tiempo se abstendrá de prestar servicio a su país en esta crisis, pero el que se mantiene firme ahora, merece el agradecimiento de hombres y mujeres»). Una vez más Henry transmitió su experiencia a la audiencia, con escalofriantes detalles:

Entramos en una pequeña aldea. Diecinueve mujeres y niños fueron rodeados como sospechosos vietcongs. El teniente que los reunió llamó al capitán por radio y le preguntó qué debía hacer con ellos.
El capitán se limitó a repetir la orden que había dado el coronel aquella mañana. La orden era disparar a todo lo que se moviera […]. Cuando yo caminaba hacia él, me volví, y miré hacia el lugar, miré hacia donde estaban los vietcongs, los supuestos vietcongs, y vi a dos hombres que sacaban de una choza a una joven, de unos diecinueve años, muy hermosa. No llevaba ropa, así que supuse que la habían violado, lo que era perfectamente SOP [estándar operating procedure] –el «procedimiento operativo habitual» para civiles– y fue empujada el montón de las diecinueve mujeres y niños. Entonces cinco hombres colocados alrededor del círculo abrieron fuego con sus M-16 automáticos. Y ése fue el final de todo.
Nick Turse. Dispara a todo lo que se mueva. Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas. Sexto Piso.

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