Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 15 de julio de 2017

Glanbeigh. Colin Barrett



Son los tres últimos relatos donde Glanbeigh me gana y consiguen que recuerde ese pueblo irlandés inventado por Colin Barrett, un pueblo que podría éste donde escribo, y habitado por jóvenes en el límite, supervivientes precoces de una existencia vacía, su rutina una sucesión de drogas, alcohol, trapicheos y una amistad fiel, extraña y, por momentos, entrañable (y entrañable es lo último que se me ocurriría para describir del tono general de estos relatos y de las vidas descritas, relatos siempre al borde de lo cruel o lo violento o un final en el arroyo, el destino que parece esperar a un puñado de jóvenes incapaces de salir de la influencia de Glanbeigh, atrapados como moscas en telarañas, a la espera de ser devorados).

Tranquilo entre caballos es el mejor relato de la colección, el más extenso y mejor definido. Dos amigos que trapichean con maría, Dympna y sus planes para prosperar, Arm, un boxeador retirado, lacónico, con un hijo autista al que sólo el equilibro en las barras de los parques y ver el trote de los caballos parece calmarlo. Dympna piensa, Arm ejecuta. Barrett describe esa amistad cercana entre los dos, sus sueños quebrados a la veintena, el destino violento del que no pueden escapar, saber que no saldrán de ese pueblo, que no tienen nada que esperar ahí fuera, los pequeños momentos de calma a lomos de un caballo y en los flirteos con una chica extranjera, reflejo de los lejano e inalcanzable, y descubrir que se perdió la oportunidad de una vida distinta.

En Diamantes, el narrador regresa al pueblo para intentar enderezar su maltrecha y excesiva vida, uno de los pocos que regresa, y que acabará marchándose de nuevo, sin enderezar el rumbo. Encargado del jardín de un colegio y de dar clases de gimnasia, antigua leyenda deportiva (donde leyenda significa un par de victorias), es otro hombre joven que ya asiste a alcohólicos anónimos. Aquí, Barrett consigue una voz sencilla y llena de matices, alguien que busca una especie de redención aun sabiendo que abandonará la búsqueda en cualquier momento, su antigua vida a punto de emerger en cualquier momento.

Dos viejos amigos se esconden en un bar para no asistir al funeral de la cantante de su extinto grupo. El título del relato es expeditivo, Les ruego que se olviden de mi existencia. Barrett encierra a los amigos en un bar, junto a un camarero eslavo, les hace repasar sus sueños fracasados y el presente anodino, los caminos que tomaron sus vidas, siempre al borde del desperdicio, dos hombres de cuarenta años hastiados y que ven pasar el cortejo de la amiga y amante muerta desde el bar. Hay un miedo de los amigos a mirar de manera directa la persona en la que se han convertido, ver el lugar al que han llegado y cómo el trayecto ha sido extraño y amargo.

Los primeros relatos de Glanbeigh (también) están protagonizados por jóvenes, sexo, alcohol y amistad, muchachos para los que salir del pueblo sería tan difícil como viajar hasta la luna, sin objetivos claros y dejándose llevar por una rutina que les resulta misteriosa. Hay un hombre que vuelca un coche en una insólita declaración de amor, hay un chaval anodino que se contenta con acompañar a su primo a los billares y ser complaciente con todo y todos, hay un gasolinero y un portero de discoteca que se saben fuera de juego, hay muerte, mediocridad, insignificancia, una forma de epifanía que sólo sirve para sentirse más perdido y dejarse llevar. Y todo en un pueblo como el tuyo, como el mío.








Yo no estaba bien. Bebía, en exceso y con demasiada frecuencia, y había decidido echar el freno. En la ciudad me había bebido el trabajo, el dinero, un montón de amigos, una mujer, luego otra. Mi gato, un macho principesco y pardo llamado Ruckles, sucumbió de un ataque al corazón tras haberse comido una ampolla de cocaína humedecida que había desenterrado del fondo de mi armario mientras yo pasaba otra noche de juerga. De un modo vago y nostálgico, la muerte de Ruckles me hizo pensar en morir por mi propia mano. Empecé a estudiarme las manos bajo las luces en estrella de los Batres las muñecas frágiles y la piel amarillenta, los cortes y verdugones y las quemaduras rosadas y violáceas de origen desconocido y caí en la cuenta de que llevaba tiempo embarcado en ese proyecto. O me iba a casa o me moría; irme a casa era un olvido al menos reversible.
Tenía treinta y tres años y en el pueblo no me quedaba familia. Mis padres estaban en el cementerio, mi única hermana, mayor que yo, llevaba años instalada en Estados Unidos, y los lugareños que habían sido mis amigos eran ahora extraños. El director respondía al tipo autoritario sentimental que siempre se ha mostrado susceptible a mis encantos. Con mis proezas atléticas de adolescente en mente yo había sido la estrella del equipo de fútbol que llevó a los muchachos de Saint Carmichael a tres finales provinciales seguidas y a ganar dos de ellas me consiguió una sinecura como encargado y profesor de gimnasia a tiempo parcial. Bajo los auspicios de la institución había visto florecer a un talento, y se negaba a pensar que yo estuviera por completo acabado. Reconocí haber caído tan bajo por voluntad propia, pero él me aseguró que, con el tiempo, conseguiría arreglar las cosas.
Colin Barrett. Glanbeigh. Traducción de Celia Filipetto. Sajalín editores.

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