Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 10 de julio de 2017

Yugoslavia, mi tierra. Goran Vojnović



Recuerdo un mapa de la extinta Yugoslavia bosquejado en la mesa de un restaurante en Belgrado, el intento por explicar(me) fronteras, religiones, éxodos y ultranacionalismos, el camino hacia la guerra, los sentimientos de pertenencia y separación, las arengas políticas hacia el abismo, recuerdo la carretera a Novi Sad, los campos tranquilos y llanos, los agujeros de bala en los pilares de los viejos puentes, los artistas en la parte vieja, recuerdo un árbol en la planta de un edificio bombardeado, ruinas romanas y un viaje en tren, los letreros de las estaciones en cirílico, el humo de las chimeneas y las granjas, sentirse más allá de cualquier frontera.

Goran Vojnović construye una historia de iniciación y búsqueda en Yugoslavia, mi tierra, da un paso atrás para intentar mostrar las consecuencias de la guerra de los Balcanes, las distintas miradas sobre ella y la idea de memoria y destino que habita en algunos de los personajes de su libro, algo que los enraíza con un pasado remoto y los conduce hacia el conflicto, el ajuste de cuentas, la diferencia con el otro, las distintas nociones de patria, Yugoslavia como un rompecabezas donde las piezas no quieren ajustar, donde se presienten la cercanía de la lucha y un final trágico que dejarán hondas heridas, la guerra que se inmiscuirá en la vida de los protagonistas años después de su fin, que formará parte de ellos por siempre.

Vladan pierde su infancia y a su padre con el inicio de la guerra. Entonces Yugoslavia, mi tierra, se convierte en memoria, el recuerdo del final de una infancia, la despedida del padre, la huida con la madre, atravesar las diferentes fronteras, ver las noticias en la televisión y no acabar de entender qué sucede, el regreso al hogar materno, la noticia de la muerte del padre en combate y el inicio de una extraña orfandad, Vladan que se aleja de su madre para llevar una vida incompleta y taciturna. Descubrir años después que su padre está vivo, y que lo buscan como un criminal de guerra, lleva a Vladan a un viaje iniciático que abarca pasado, medias verdades y el intento de volver a posicionarse en el mundo.

Vojnović cruza espacios y tiempos en Yugoslavia, mi tierra, Vladan que habla desde una distancia temporal que le permite ver su pasado con mayor amplitud mientras viaja por Eslovenia, Bosnia y Serbia en busca de las huellas del padre. La idea de Vojnović es construir una historia abarcadora, tomar a un hombre cuya infancia se truncó en 1991 y cómo, dieciséis años después, se enfrenta de nuevo a aquella guerra en su viaje, su búsqueda personal pegada al destino de un país extinto. En su viaje, Vladan es testigo del destino de familiares y desconocidos, cómo sobrevivieron a la guerra y se adaptaron a los nuevos tiempos, su padre que cambió de nombre y se encerró en un piso como una redención personal, una expiación de sus pecados. Una de las partes interesantes de esta búsqueda es ver las diferentes lenguas a las que se tiene que enfrentar Vladan, un país con tantos orígenes y hablas, y la creencia en un destino que guía a las diferentes partes del país, que los enfrenta al pasado y los empuja hacia una guerra que sirve como excusa para saldar viejas cuentas.

Yugoslavia, mi tierra se queda a medio camino. Interesante como forma de acercarse al conflicto de los Balcanes, le falta la profundidad que muestra Andrić en Un puente sobre el Drina, por ejemplo, que da pinceladas certeras de las influencias, orígenes y conflictos balcánicos. Hay una parte de libro de viajes, de encuentro con el propio pasado, de tristeza por la forma de desaparecer de un país, la tristeza que acompaña a un hombre que ve perdida su infancia, tiene que enfrentarse con la realidad de un padre criminal de guerra y su presente es un completo desastre, incapaz de la cercanía necesaria con los que están a su lado. Es en las últimas páginas, con el diálogo entre padre e hijo, fuera de aquella infancia donde jugar y nadar en verano y ser parte de una comunidad, fuera de la leyenda de los recuerdos personales y sabiendo todo lo que se ha perdido, donde merece la pena su lectura. Llegar hasta ahí es interesante y aburrido a partes iguales por una escritura que, en muchos momentos, se hace plana y monocorde.








—No te pareces mucho a él. Pero sí que reconozco alguna cosa suya en ti. Quizás las cejas y los ojos, nada más. Tienes sus ojos.
Cuando era niño, yo siempre me sentía incómodo en presencia de Emir, pero su mirada ahora era mucho más severa, su cuerpo mantenía un estado de tensión constante. Daba a entender a la claras que en una conversación con él uno no debía esperar que nadie se relajara.
—Ay, mi Vladane... en aquella época todos éramos yugoslavos. Y todos habíamos sido comunistas. ¡Y que les den por culo a todos esos hijos de puta nacionalistas! ¿Sabes?, esa guerra no fue una guerra como nosotros nos la habíamos imaginado... pero finalmente no pudo ser de otro modo, dado que en la misma fila avanzábamos, hombro contra hombro, llevando el mismo uniforme, los que defendíamos a Yugoslavia y los que la derrumbaban. Cantábamos el mismo himno, llevábamos el mismo escudo en la frente. Pero aquello que yo consideraba mío, ellos no lo consideraban suyo. Y así fue... ahora lo puedo afirmar... en ningún sitio hubo nacionalistas peores que dentro del Partido Comunista. El comunismo se acabó para siempre porque lo propugnaron campesinos incultos que veían en él una nueva iglesia con sus sacerdotes. Y al Estado lo perdimos porque a nadie le importaba nada que no fuera su entorno más inmediato. Todos esos grandes yugoslavos solo se dejaban matar en nombre de su propio pueblucho y nada más. De manera que al final se unieron los partisanos y los chetniks y los ustashe y los muyahidines, los creyentes y los no creyentes, y se sublevaron con el objetivo de jodernos a todos. Los yugoslavos se extinguieron de hoy para mañana, como si nunca hubiesen existido. Parece ser que Slobo les metió el miedo en el cuerpo y se dispersaron por todo el planeta. Los que se quedaron, se convirtieron en imbéciles. Y nosotros éramos los que intentábamos salvar el Estado. ¿Y para quién lo debíamos salvar?, me cago en su puta madre, ¿para todos esos eslovenos y croatas y serbios y palestinos? Durante treinta años me había estado formando para defender a mi país del enemigo interior y exterior, pero de pronto no había nadie por quien defenderlo. Que me expliquen para qué coño iba yo a defender mi patria. ¡Que les jodan a todos! Y a todos nosotros, que tuvimos fe en aquel Esta...
Emir interrumpió su discurso a causa de un nuevo ataque de tos, un ataque tan espantoso e infinito que pensé que no podría continuar hablando conmigo. Se quedó en silencio durante un rato largo, probablemente intentando reconectar los fragmentos de pensamientos y tratando de asegurarse de que sus pulmones le dejaran continuar.
—Después de todo eso, lo único que me da pena es mi pobre padre, que construyó ese Estado con sus dos manos desnudas. Me alegro de que muriera antes de poder ver a quién dejó en herencia todos aquellos puentes, escuelas y hospitales, y qué clase de basura estuvo disfrutando de todo ello. Ellos habían vivido entre nosotros todos esos años, nos sonreían vestidos con los uniformes de pioneros y agitaban sus banderitas de colores, pero en realidad estaban esperando a que la prosperidad se acabara para poder degollarse mutuamente. ¡Que se joda todo el mundo, joder, mierda de gente...!
Se apretó el pecho, pero no tosió. Me di cuenta de que el hombre había decidido que me explicaría su relato desde el principio hasta el final. El tiempo había dejado de ser relevante para él. Fuera podía oscurecer, podían encenderse los albores del nuevo día, pero ahí dentro las horas pasaban todas iguales. Él, enroscado en su manta de lana, seguía en cuclillas al lado de la estufita, fumando. Me imaginé que durante los últimos cinco años, quizás incluso diez, su vida había transcurrido de ese modo.
—Y todo eso se desencadenó porque cada uno de ellos cultivaba su propio relato sobre unos muertos nunca olvidados, aunque hubieran muerto hacía una eternidad. Rememoraban a sus abuelos y abuelas, recordaban las fosas comunes a las que habían sido arrojados los cadáveres, y los campos de concentración. Ese relato les había estado consumiendo por dentro todos esos decenios, pero nunca se cansaban de repetirlo, susurrándolo a los oídos de sus adeptos. Todos ellos esperaban con paciencia que llegasen otros tiempos en los que esos relatos pudieran volver a contarse de nuevo en voz alta y delante de todos, otros tiempos en los que se podría matar de nuevo en su nombre. Todos ellos cultivaban a escondidas, sin que se notara, su rabia y su frustración; y también su culpa, porque ellos ya se habían preparado de antemano para pedir la expiación por las matanzas de inocentes en todas aquellas aldeas que quemarían hasta los cimientos, en todas las niñas que violarían. Sus relatos les autorizaban a pensar así, a actuar así. Sus relatos contenían la justificación de esa clase de acciones. Sus relatos apaciguaban los remordimientos de conciencia y adormecían sus almas antes tan inquietas. Todos ellos habían jurado fidelidad a sus muertos; por eso, nosotros, los vivos, no significábamos nada para ellos, éramos prescindibles y no teníamos importancia. No fueron ellos los que perpetraron las matanzas, no. Fueron las tumbas de sus padres y de sus madres, de sus hermanos y de sus hermanas, las que autorizaron todo lo que ellos hicieron. Violaban. Quemaban casas. Degollaban. En nombre de esas tumbas, toda acción era una acción sagrada. Todo aquello tenía sentido.
Abrí la boca porque me pareció que Emir esperaba una reacción a sus palabras, pero descubrí a tiempo que él sabía que yo no tenía nada que añadir.
Goran Vojnović. Yugoslavia, mi tierra. Traducción de Simona Škrabec. Libros del Asteroide.

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