Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 11 de agosto de 2017

Vida con estrella. Jiři Weil

a) Es sólo un pedazo de tela, una estrella amarilla cosida en la ropa (justo sobre el corazón) y que Josef debe llevar en cualquier momento, limpia y a la vista. Un pequeño objeto corriente e intranscendente que coloca a Josef fuera de la vida cotidiana ―de sus vecinos, de la ciudad en la que vive, sueña y pasea, del deseo, de sentirse ser humano. Josef sale a las calles de Praga con la estrella, se siente señalado, hay quien se aparta de su camino y quien lo echa del tranvía y quien sigue con su vida sin mirar qué ocurre a su alrededor. Pero Josef lleva dentro su antigua vida, su empleo en la banca, su relación con Růžena, su buhardilla de la que han ido desapareciendo los muebles poco a poco, su pasado de hombre gris. Y mira al frente. Y observa los nuevos tiempos. Donde el gobierno de ocupación se cierne sobre los judíos ―y los mismos judíos, atenazados por los nuevos tiempos, se hacen cargo del papeleo y la administración de vales y notificaciones que restringen su libertad―, las familias son apartadas de sus hogares y encerradas entre cuatro paredes antes de ser embarcadas en los trenes al este.

b) Amor y negación. Josef ha demolido parte de su casa para no dejar nada tras de sí, sólo una mesita de café en el centro de una habitación vacía. Se tumba durante horas en su saco para engañar el hambre. Habla y sueña con Růžena y confunde sus fantasías y sueños con la realidad, Růžena que le pidió huir y Josef que se negó ―huir a dónde y para qué y quién ser fuera de Praga. Recibe las notificaciones de la comunidad, pasa controles médicos, renueva su tarjeta de transporte, un papeleo de funcionario en tiempos de guerra, las restricciones crecen, no está permitido pasar por ciertas calles, bañarse en el río, esconder las posesiones. Y Josef obedece las normas, deambula por la ciudad de su casa a las oficinas de la comunidad, recuerda su amor con Růžena, la convoca a su lado para sentirse acompañado en su soledad, una Růžena que irrumpe en la realidad para contener a Josef o hacerle ver lo estúpido de todo lo que está sucediendo, una Růžena inventada que hace sentir culpable a Josef por su decisión de no acompañarla.

c) La espera y la muerte. Josef trabaja como enterrador en el cementerio con un grupo de judíos que recuerda los viejos tiempos y habla de su próximo destino en el este. Entierran a los muertos, plantan verduras, escuchan las historias de los porteadores, se obsesionan con la muerte. No hacen nada más que seguir las nuevas leyes que los encierran en un mísero espacio. Esperan. Y hacen cualquier cosa por vivir un día más. Y algunos sueñan que al día siguiente se detendrán los convoyes, acabará la guerra y habrán resistido al infierno. Josef se pregunta por esa espera tan extraña, él, que sólo tiene la compañía de un fantasma y de un gato asilvestrado, que mira el cerco de humedad en su buhardilla mientras intenta olvidar el hambre, que ve cómo le es cada vez más difícil seguir las leyes y andar por la ciudad, que se despide de los familiares y amigos llamados a los transportes, él, que no quiere hablar de su muerte y sus muertos y mira el muro que rodea el cementerio y lo aísla por unas horas de su destino.

d) La vida de los otros. Están ellos, un poder invisible que somete a los judíos de Praga. Ellos, sombras sin nombre, son un gesto en un tranvía, un grito en la calle, una risa estridente. Apenas aparecen ellos en Vida con estrella, sus órdenes y notificaciones son enviadas y acatadas a través de la comunidad judía, los nombres de quienes irán en el siguiente transporte leídos en el templo ―de manchas rojas en las paredes―, las posesiones a las que algunos se agarran redistribuidas entre los habitantes de Praga. Ellos carecen de nombre y son el destino de todo un pueblo.
Están los vecinos y conciudadanos de Josef y de las familias judías de Praga, aquellos que miran al suelo para no ver, aquellos que esperan el registro y desalojo de las casas judías para hacerse con las pertenencias dejadas atrás, aquellos que colaboran con el nuevo gobierno y pueden reír a la salida de un restaurante.
Están algunos hombres y mujeres que oponen resistencia ante la ocupación y las medidas del nuevo poder y llenan las calles de panfletos antinazis y esconden a los judíos que deciden plantar cara y no presentarse a los trenes con destino al este, Praga que se divide entre víctimas, sombras sin nombre, colaboracionistas, revolucionarios.

e) Jiri Weil habla del destino, el vagabundeo, las ensoñaciones y las preguntas de un hombre judío en la Praga ocupada por los nazis, de la degradación de la condición humana y de una ciudad en tiempos de guerra, de lo que significa llevar una estrella amarilla en el corazón. Weil escoge a un hombre gris en una situación extrema, un hombre miedoso que no quiso huir con su amor y que busca la redención, presentarse ante sí mismo y ante el fantasma de Růžena como un hombre nuevo y valeroso, alguien capaz de plantar cara. Vida con estrella tiene por momentos trazos de cuento, un hombre solo en un paraje y en unos tiempos tenebrosos y una estrella de tela que marca el destino de quien la lleva. Weil no necesita caracterizar a los nazis ni darles líneas de diálogo, aunque son invisibles su presencia es notable y aterradora, se centra en Josef y su día a día, sus conversaciones imaginadas con Růžena o su gato, los recuerdos de otros tiempos, la presencia de la muerte en las discusiones con sus compañeros enterradores. Josef asumirá una resistencia inesperada, el hombre gris convertido en testigo de la guerra y el exterminio, sus andanzas por la ciudad que usa Weil para mostrar los cambios en la vida cotidiana, las nuevas prohibiciones a los judíos, la espera de los trenes, los encuentros con otros judíos o con antiguos ferroviarios que no entienden el nuevo uso que se da a los trenes. Vida con estrella es ver la solución final nazi a través de una ciudad y un hombre, el horror adentrándose en lo cotidiano. Una novela extraordinaria.









De nuevo vino un enviado con el cometido de recordarme que no me estaba permitido vender ni regalar nada; que debía ser consciente de que mi propiedad no me pertenecía; que, de hecho, no era más que el gestor de mi último atuendo, el 1que llevaba puesto, y de unos zapatos gastados. Gestionaba esos objetos y se me pagaba con su uso. ¡Ya ves! Me había equivocado al pensar que no iban a prestarme atención. Me agazapé entre aquellas paredes agrietadas y me resguardé del frío en el saco de dormir. Únicamente quería dormir, no saber ni escuchar nada. Pero no paraban de pedirme cosas. Así como así. Se me había prohibido circular por determinadas calles en diferentes días: por algunas no podía transitar los viernes; por otras, al contrario, los domingos; por algunas debía pasar rápido y sin detenerme en ningún sitio. Mezclaba los nombres de las calles y de los días. Algunas calles ni siquiera las conocía. Imaginaba que un día pasaría por casualidad por una calle llamada Hermelínová y que, como salido de la nada, aparecería de un salto un guardia que me encerraría, porque la calle Hermelínová estaría en la lista más actualizada de las calles prohibidas, que yo aún no habría leído. Se me había ordenado que no visitara los parques, pero era consciente de no saber diferenciar bien qué era parque y qué no. Había caminos bordeados por arboledas que podían ser considerados jardines, por los que tampoco podía pasar.
Me habría gustado ser un animal. Por las ventanas de la buhardilla veía a los perros jugando en la nieve, veía a un gato arrastrándose despacio por los jardines colindantes, veía a los caballos bebiendo libremente el agua de los cubos, veía a los gorriones volando hacia donde les venía en gana. Los animales no tenían que romperse la cabeza con las calles por las que les estaba permitido transitar.

***

Reflexioné luego sobre las víctimas. Desplumadas, entraban con números al circo. Se entregaban a todo tipo de tribulaciones. Debían saltar, sentarse, escuchar cómo rehilaba el látigo. ¡Qué clase de mártires eran aquellos!
Se negaban a aceptar su tormento. Ni se les pasaba por la cabeza disputarse la corona de espinas. Se habrían conformado con unas rosquillas, ropa remendada y zapatos astrosos. Habían quemado los bancos de la iglesia y quemarían la mismísima arca de la alianza si la tuvieran a mano. Harían el pino si se lo ordenaran y se convertirían a otra religión tres veces por semana si hiciera falta. Deseaban, simplemente, vivir, lo cual no solía ser demasiado pedir hacía algún tiempo. Sin embargo, fueron los elegidos para convertirse en víctimas, para morir por un asunto que no era en absoluto suyo. Yo mismo me encontraba entre ellos y no sabía bien por qué iba a morir exactamente. Habría sido más fácil si lo hubiera sabido. Me enorgullecería de mi muerte, me cubriría con un manto púrpura, la acompañaría de cantos o de gritos de despedida.
Ya no me asombraba que la gente del cementerio no quisiera escucharme. No me asombraba que no quisieran buscar una vía de escape. Contemplaban el terremoto. Observaban cómo se desplomaban sus casas y cómo los incendios consumían sus pertenencias. Miraban cómo el diluvio inundaba el suelo que pisaban. Estaban ya embotados por la espera, temblando un día sí y otro también hasta que los llamaran. Era ridículo gritar a los muertos para que se pusieran en pie. No servía de nada.

Jiři Weil. Vida con estrella. Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Editorial Impedimenta.

martes, 8 de agosto de 2017

En mitad de la noche un canto. Jiří Kratochvil

Hay dos voces que hurgan en el pasado y hablan del final de la guerra, la ciudad de Brno y los cambios políticos de una tierra que acabará escindida, los padres muertos o exiliados la muerte y el exilio hermanados, las madres cohibidas y solitarias que sobreviven a sus recuerdos de la guerra, los laberintos borgianos y pulgas gigantes y trucos de magia que son una mezcla de realidad, sueño y mentira, porque las voces y sus recuerdos confluyen en una misma persona, y a esa confluencia llegan dos mundos en apariencia distintos y docenas de historias extrañas, grotescas, circenses—, historias que describen la búsqueda de una identidad propia, el intento de comunicarse con los moribundos para encontrar al padre perdido y creer en señales y destinos que guían los pasos, un mundo subterráneo y mágico que sólo los niños o los locos son capaces de ver.

En mitad de la noche un canto es una novela extraña y fascinante, entras en un terreno donde lo onírico y lo real se dan la mano y no sabes qué es verdad y qué mito, las dos voces narradores se alternan en los capítulos, una —con un lenguaje conciso y ortodoxo— cuenta su concepción en el final de la guerra, la violación de su madre por un grupo de soldados y el atisbo del verdadero padre —donde verdadero es leyenda—, la otra —su escritura libre e impulsiva— habla de un padre exiliado y la vigilancia a la que serán sometidos esposa e hijo, la orfandad que llega por la ausencia y el silencio del padre huido, cada capítulo un pequeño relato corto, un recuerdo que es duda y luz y oscuridad, la creación de un mundo poblado por seres insólitos, por amores fuera de las historias convencionales, por un halo a veces mágico, a veces de pesadilla —y recorriendo subterráneamente  este mundo, dos relojes, uno angelical y otro murcielaguil que, unidos, pueden iniciar el tiempo de los muertos.

Hay un momento donde el narrador se pregunta si es lo narrado o el narrador, si existe algo fuera de sus cartas al padre, ese padre exiliado o muerto según la voz que narre el capítulo, la pregunta, también, sobre quién es y si ha ocurrido todo lo descrito, la sensación de que En mitad de la noche un canto son fragmentos de ensoñaciones, cartas, reflejos de una imagen desdoblada, la búsqueda de la identidad propia, el mundo onírico que irrumpe como forma de defensa y la imaginación un refugio —fuera de ese refugio, el final de la segunda guerra mundial, la orfandad, las calles de Brno donde iniciar una búsqueda quimérica del padre y la patria, asistir a la evolución de Checoslovaquia con la llegada del comunismo.

El humor absurdo, la ternura, lo grotesco y kafkiano, las voces desdobladas y la identidad perdida, la invención y la mitificación de la figura del padre y de la propia figura, la magia en la realidad y la realidad que nunca llega a estar del todo clara y definida, los momentos de un sencillo lirismo entre el esperpento, los paisajes oscuros y la cotidianeidad gris y el luminoso, mágico y falso mundo de la memoria, la primera lectura de Kratochvil ha sido un valioso hallazgo.









fue su último verano feliz en tierra morava, y tuve la oportunidad de pasar con él una migaja de aquel verano, me llevó de vacaciones durante una semana, nos alojábamos en casa del guardabosques Klein, nos levantábamos temprano, nos calzábamos las botas de caña alta e íbamos a través de un prado pantanoso hasta el pantano de Mlynský, el prado chapoteaba bajo mis pies y los destellos de la superficie del pantano estaban tan cerca que tenía la desagradable sensación de que en cualquier momento el agua nos cubriría muy por encima de la cabeza, y cuando me detuve durante un instante para echar la vista atrás, vi la muralla de robles centenarios, en cuyas copas se había detenido el sol, y bajo las ramas inferiores extraños animales diminutos que no nos quitaban ojo, y de repente supe que aquello que en ese momento estaba viendo y que abarcaba con la mirada era lo más importante de mi vida, un mundo fuera del cual jamás habría nada, y que estábamos en él papá y yo, para siempre, únicamente nosotros dos solos, en un espacio que llenaba de luz el sol de la mañana
y hasta muchos años después no comprendí que aquel momento singular en el prado, frente al pantano, era una jaula de tiempo, y que aún hoy sigo correteando por ella igual que el salvaje perro dingo, o, como solía decir papá de cachondeo, el salvaje terror pingo

***

Hace ya tiempo que vengo observando en mí mismo un proceso imparable del cual forma parte la desaparición y extinción de mi capacidad para controlar mediante la magia las cosas, las plantas, los animales y a la gente que me rodea. Poco antes de que naciera me movía en esa capacidad como en el líquido amniótico, y después de nacer estaba envuelto en ella hasta tal punto que podría haberla recogido con un cubo, pero ahora apenas me llega a los tobillos y puedo llenar como mucho un perol de añoranza por aquellos tiempos tan lejanos.
Y parece que comencé a perder mis poderes en el instante en que empecé a tener conciencia de ellos. Seguramente que hay entre ambos hechos relación directa: cuanto menos sabía, más podía. Y como niño recién nacido, todavía añusgándose con la mucosidad y las lágrimas, era capaz de revivir las cosas muertas que estaban a mi alrededor, interfería en el destino de personas cercanas y lejanas, y puede que incluso llegara a desviar las estrellas de su órbita, a desencadenar erupciones solares, a tocar con mis impacientes manitas la tierra allí donde después nunca más volvió a crecer la hierba, a remolcar con mis ojos una nube radioactiva por el firmamento y a revolcarme en mis sueños con gigantescos animales nunca vistos. Aquéllos fueron los días más felices de mi vida, hoy cubiertos hace ya tiempo por el membranoso olvido. Y cuando más tarde, a los cuatro años —después de mi visita al circo de pulgas—, tomé conciencia de mis poderes, fue todo de mal en peor.
Por supuesto, sé cómo funciona todo esto en realidad. Heredé estos poderes de mi padre hace mucho tiempo. Él, y sólo él, es el donante directo. Y como me distancio cada vez más de mi padre, llegarán ya pronto a su fin. Y me quedan ya en su mayoría tan sólo trucos de segunda clase, de pacotilla.
Jiří Kratochvil. En mitad de la noche un canto. Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Editorial Impedimenta.

viernes, 4 de agosto de 2017

dios griego



I

dios griego


mi primer mar fue un lavadero de piedra
           tenía diez años
                      un verano en el horizonte
    y sueños legendarios

seguía el sendero entre la maleza
mis pisadas eran huellas tenues
                                  de polvo y tierra
me creía explorador     soldado     pionero
                                 apache     timonel     buhonero
la oscuridad fuera del camino
                 prometía terror y aventura
un encuentro con mundos posibles

las lavanderas callaban al verme llegar
mujeres de ropa negra
                                y alma doblegada
                                                          y ojos de luto
sus secretos de muertos     vergüenzas     venganzas

las lagartijas vagaban por las piedras
                                             del lavadero
y yo las convertía en monstruos
que vigilaban el abismo
    tras el mar

una rama en el agua
se volvía carabela
                             en busca del confín oculto
    el umbral a lo inexplorado

las mujeres negras     silentes     dolientes
agitaban la ropa y el agua
yo chapoteaba a la sombra de sus espíritus
la carabela zozobraba entre las olas
y los marinos
de cicatrices en la cara
rezaban en cubierta
y pedían clemencia     aliento     resurrección

los imaginaba de rodillas
sus miradas elevadas hacia mí
un dios todopoderoso de mil caras
que disponía de su destino
                                            naufragio o salvación

a veces detenía la tormenta
y acercaba los hombres a tierra
                                            una tierra fértil y misteriosa
a veces hundía la embarcación
y los hombres miraban aterrados
hacia el cielo negro y despiadado
antes de encontrarse con mi rostro
                               y la muerte
                                            una muerte estéril y confusa

jugaba a ser dios griego
en aquella infancia lejana

regresaba satisfecho
                          ya hubiera naufragio o salvación

a mi espalda las mujeres enlutadas
susurraban      graznaban
ahí va el hijo de la vergüenza    la sombra     el mar




II

siete segundos


6
mi último mar se encuentra a mis pies
     tengo setenta y un años
no soy     hijo     padre     esposo
sino     vejez     penumbra     recuerdos
                                soledad     ruina     confín

traigo todas mis vidas para desembocarlas
                        sobre el mar
y ver cómo parten hacia el horizonte
                         y lo salvan
              y descubren el rostro exacto
                                                          de la muerte
y al dios imaginado
                                en un lavadero de piedra

no soy tiempo
                        (sino río)


5
recuerdo el bañador negro de mi madre
su mirada azul que veló
                                       mis primeras inmersiones
         y toda mi infancia

recuerdo la ingravidez del agua
            el mundo que giraba dentro de una ola
el cielo como suelo
                                y el mar
                                              un castillo en el aire

recuerdo las sombras negras
                   el comienzo del infinito 
                                el horizonte como mañana


4
recorrí un camino blanco y sinuoso
   cruzaba aldeas abandonas
                                              campos de trigo
                          puentes de madera
era una promesa y una frontera
     (de lo oculto y lo lejano)

fui explorador     apache     buhonero
                        vagabundo     fantasma     viento
(la decrepitud de mis huesos
                                              la carga de todas mis vidas)

era un camino de señales y pequeños santuarios
       de memoria celebración y muerte

detrás de mí una casa cerrada
                                                y el frío de los muebles
                                   (mi vida cerrada y fría)
delante de mí el final de la tierra
                    y la promesa de un camino amarillo


3
de aquella primera muerte
         recuerdo las respiraciones
                       el crujido de los rosarios
   las pisadas de las ratas en el tejado

la muerte estaba en las palabras 
                  y los lamentos de las plañideras
en el olor viciado de la habitación
                  y el movimiento pausado de las velas

las pequeñas llamas se agitaban
        y era el muerto
                                 (mi padre
                la vergüenza     la sombra     el mar)
quien las movía con sus ojos cerrados
                sus manos cruzadas en el pecho
        y la cabeza vuelta hacia la pared blanca
               (como si no quisiera asistir a nuestros rezos
                    y desechara la idea de un última plegaria)

la luz de las velas
        era un lenguaje desconocido


2
sigo la luz del faro en el cielo
    rodea los acantilados
y enciende las primeras estrellas

me pregunto cómo se verá este acantilado
               desde los pesqueros 
    si naufragio o salvación

el sol desciende sobre el mar
                               deja una estela amarilla
    en su superficie
            (el camino al ultramundo)


1
recuerdo los latidos de su corazón
                                                        bajo mi mano
la respiración que extendía y retraía su pecho
                  su cuerpo una maquinaria
que daba cuerda al anochecer
(y al movimiento de las estrellas
                     y a la luna fuera de la ventana)

recuerdo sus ojos cerrados
la pequeña luz blanca en su cicatriz

la sabía en otro lugar     en otro tiempo
             (en un mar solitario y lejano)

recuerdo verla desaparecer
                                           tras una sombra amarilla
     y sentir la inquietud
                    y la necesidad de acariciar su mano


0
enciendo una pequeña hoguera                  
     e ilumino todas mis vidas

el camino amarillo sobre el mar
     me devuelve todas las muertes



martes, 1 de agosto de 2017

fragmentos de Sam Shepard



leo la noticia de su muerte
en el periódico de la mañana

hablan de su carrera como actor
de sus obras de teatro
de sus colaboraciones con Wenders y Dylan

nada de sus libros de relatos

recuerdo enfrentarme a El gran sueño del paraíso
Crónicas de motel y
Cruzando el paraíso
con una imagen de vaquero crepuscular
en mi cabeza
(como todas las imágenes,
incompleta y no del todo real)

En Shepard encontré habitaciones de hotel
carreteras
y grandes espacios abiertos
donde descubrirse ante una soledad desconocida

encontré diarios de rodaje y diarios de viaje
las relaciones entre padres e hijos
siempre difíciles y extrañas
los amores que se definían por la cuerva de una cadera
o por quién pretendíamos ser en un primer beso

encontré mujeres bravas
adolescentes perdidos
hombres desarraigados

la palabra precisa
la voz lacónica

la desnudez de los paraísos




En Crónicas de motel

Se queda junto a la reventada maleta, contemplando las que fueran sus pertenencias. Aplastadas pastillas de jabón que se llevó del baño de los moteles. Chatas latas de judías. Un magullado mapa de Utah. El recalentado alquitrán negro empaña la blanquísima toalla que se guardaba para el primer baño a fondo de todo un mes.
De un extremo a otro de la carretera, nada se mueve. Ni un solo tallo se agita. Ni siquiera se mueve la solitaria pluma de alondra enganchada en el clavo del poste de la valla.
Avanza con la puntera de la bota por la negra pista de caucho quemado del patinazo. Sigue con la vista el brusco y enloquecido viraje de los neumáticos. El acre olor del caucho. El dulce olor de la arena abrasada.
Ahora salta un lagarto. Deja una estela pisciforme con la cola. Desaparece. Tragada por el mar de arena.
¿Debería esforzarse por salvar alguna cosa? Un simple botón de muestra. ¿Un par de calcetines? ¿Las pilas de la linterna? Debería tratar de recoger alguna cosa para llevársela a ella a su regreso. Algún detalle. Un recuerdo para que ella no pueda creer que no ha estado haciendo absolutamente nada. Que se ha pasado todos estos meses errando de un lado para otro.
Revuelve los restos de una rama de mezquite. Busca un regalo. No parece que valga la pena salvar ninguna cosa. Ni siquiera las que no se han estropeado. Ni siquiera la ropa que lleva puerta. El anillo de Turquesa. Las botas de punta afilada. La Hebilla india.
Lo arroja todo al montón de chatarra. Se queda sentado en cuclillas, completamente desnudo, en medio de la ardiente arena. Prende fuego a los restos. Después se pone en pie. Vuelve la espalda a la Highway 608. Se pone a caminar hacia las desiertas extensiones.
17/2/80
Santa Rosa, Ca.


***


Si todavía rondaras por aquí
Te cogería
Te sacudiría por las rodillas
Te soplaría aire caliente en ambas orejas

Tú, que podías escribir como una Pantera
Todo lo que se te metiera en las venas
Qué clase de verde sangre
Te arrastró a tu destino

Si todavía rondaras por aquí
Te desgarraría hasta meterme en tu miedo
Te lo arrancaría
Para que colgara como un pellejo
Como jirones de miedo

Te daría la vuelta
Te pondría de cara al viento
Doblaría tu espalda sobre mi rodilla
Masticaría tu nuca
Hasta que abrieras tu boca a esta vida
31/1/80
Homestead Valley, Ca.
(Traducción de Enrique Murillo. Anagrama)




En El gran sueño del paraíso

Detiene el coche al final de los depósitos de pienso de Coalinga y apaga el motor. La enorme llanura de San Joaquín se extiende ante sus ojos, pero no está en condiciones de apreciarla. No le impresiona y tampoco es capaz de valorar su importancia histórica, sólo siente desprecio. El aire ardiente apesta a ganado. El pulso le late en la base de la lengua seca y le arde la cabeza. La cabeza entera. Y luego está el teléfono, silencioso, abandonado sobre una cañería de cromo, bajo un globo azul claro de plástico que lo protege del sol rugiente. Su modernidad le asquea, le hace sentirse peor, más fuera de lugar. Más allá del teléfono, grupos de patéticos becerros se erigen encima de grandes montones oscuros de su propia mierda, a la espera de ser sacrificados. Vapores de calor se elevan de los montones que se cuecen bajo el sol como si estuvieran a punto de explotar y lanzar por el aire trozos de vaca descuartizada hasta la autopista. Más allá del ganado no hay nada. Absolutamente nada se mueve; todo está despejado hasta el horizonte gris, neblinoso.
(Traducción de Eugènia Broggi. Anagrama)



En Cruzando el paraíso


Avanzaron hasta el borde de otra garganta, y en esta ocasión Price ni siquiera hizo que el caballo se detuviese un momento. Se limitó a agarrarse a la crin y dejó que saltase a lo desconocido. Dejó de ejercer el más mínimo control sobre las riendas y permitió que su montura vagase por el fondo, avanzando entre rocas y sorteando las torrenteras en las zonas donde el agua había ido abriendo profundos y oscuros cauces. Price pensó que si erraba por allí el tiempo suficiente, acabaría perdiéndose. Se encontraría tan desesperadamente perdido que descubriría alguna parte de sí mismo hasta ese momento desconocida para él. Una parte de sí mismo con la que se vería obligado a trabar conocimiento. La idea le hizo temblar y sentirse aterrorizado. Su mente no cooperaba. No podía controlar las imágenes. No tenían sentido aparente. Las veía aparecer en su cabeza como si llevase mucho tiempo sentado en una sala de cine para asistir a una sesión matinal, completamente solo. Vio a John Wayne con un abrigo de piel de búfalo. Al presidente Bush con una gorra de béisbol y corbata. Bombas cayendo sobre Bagdad. Bombas vistas desde las alturas, como si estuviese mirando a través del escotillón de un avión. El rostro regordete y satisfecho del general Schwarzkopf. Un chico golpeando el muro de Berlín con un martillo de herrero sin hacer mella en él. Imágenes de noticias. Imágenes de rostros que generaban noticias. Imágenes de cuervos y halcones. La cabeza de una liebre muerta. Y Madilia. Sus intensos y magníficos ojos.
(Traducción de Mauricio Bach. Anagrama)