Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 8 de agosto de 2017

En mitad de la noche un canto. Jiří Kratochvil

Hay dos voces que hurgan en el pasado y hablan del final de la guerra, la ciudad de Brno y los cambios políticos de una tierra que acabará escindida, los padres muertos o exiliados la muerte y el exilio hermanados, las madres cohibidas y solitarias que sobreviven a sus recuerdos de la guerra, los laberintos borgianos y pulgas gigantes y trucos de magia que son una mezcla de realidad, sueño y mentira, porque las voces y sus recuerdos confluyen en una misma persona, y a esa confluencia llegan dos mundos en apariencia distintos y docenas de historias extrañas, grotescas, circenses—, historias que describen la búsqueda de una identidad propia, el intento de comunicarse con los moribundos para encontrar al padre perdido y creer en señales y destinos que guían los pasos, un mundo subterráneo y mágico que sólo los niños o los locos son capaces de ver.

En mitad de la noche un canto es una novela extraña y fascinante, entras en un terreno donde lo onírico y lo real se dan la mano y no sabes qué es verdad y qué mito, las dos voces narradores se alternan en los capítulos, una —con un lenguaje conciso y ortodoxo— cuenta su concepción en el final de la guerra, la violación de su madre por un grupo de soldados y el atisbo del verdadero padre —donde verdadero es leyenda—, la otra —su escritura libre e impulsiva— habla de un padre exiliado y la vigilancia a la que serán sometidos esposa e hijo, la orfandad que llega por la ausencia y el silencio del padre huido, cada capítulo un pequeño relato corto, un recuerdo que es duda y luz y oscuridad, la creación de un mundo poblado por seres insólitos, por amores fuera de las historias convencionales, por un halo a veces mágico, a veces de pesadilla —y recorriendo subterráneamente  este mundo, dos relojes, uno angelical y otro murcielaguil que, unidos, pueden iniciar el tiempo de los muertos.

Hay un momento donde el narrador se pregunta si es lo narrado o el narrador, si existe algo fuera de sus cartas al padre, ese padre exiliado o muerto según la voz que narre el capítulo, la pregunta, también, sobre quién es y si ha ocurrido todo lo descrito, la sensación de que En mitad de la noche un canto son fragmentos de ensoñaciones, cartas, reflejos de una imagen desdoblada, la búsqueda de la identidad propia, el mundo onírico que irrumpe como forma de defensa y la imaginación un refugio —fuera de ese refugio, el final de la segunda guerra mundial, la orfandad, las calles de Brno donde iniciar una búsqueda quimérica del padre y la patria, asistir a la evolución de Checoslovaquia con la llegada del comunismo.

El humor absurdo, la ternura, lo grotesco y kafkiano, las voces desdobladas y la identidad perdida, la invención y la mitificación de la figura del padre y de la propia figura, la magia en la realidad y la realidad que nunca llega a estar del todo clara y definida, los momentos de un sencillo lirismo entre el esperpento, los paisajes oscuros y la cotidianeidad gris y el luminoso, mágico y falso mundo de la memoria, la primera lectura de Kratochvil ha sido un valioso hallazgo.









fue su último verano feliz en tierra morava, y tuve la oportunidad de pasar con él una migaja de aquel verano, me llevó de vacaciones durante una semana, nos alojábamos en casa del guardabosques Klein, nos levantábamos temprano, nos calzábamos las botas de caña alta e íbamos a través de un prado pantanoso hasta el pantano de Mlynský, el prado chapoteaba bajo mis pies y los destellos de la superficie del pantano estaban tan cerca que tenía la desagradable sensación de que en cualquier momento el agua nos cubriría muy por encima de la cabeza, y cuando me detuve durante un instante para echar la vista atrás, vi la muralla de robles centenarios, en cuyas copas se había detenido el sol, y bajo las ramas inferiores extraños animales diminutos que no nos quitaban ojo, y de repente supe que aquello que en ese momento estaba viendo y que abarcaba con la mirada era lo más importante de mi vida, un mundo fuera del cual jamás habría nada, y que estábamos en él papá y yo, para siempre, únicamente nosotros dos solos, en un espacio que llenaba de luz el sol de la mañana
y hasta muchos años después no comprendí que aquel momento singular en el prado, frente al pantano, era una jaula de tiempo, y que aún hoy sigo correteando por ella igual que el salvaje perro dingo, o, como solía decir papá de cachondeo, el salvaje terror pingo

***

Hace ya tiempo que vengo observando en mí mismo un proceso imparable del cual forma parte la desaparición y extinción de mi capacidad para controlar mediante la magia las cosas, las plantas, los animales y a la gente que me rodea. Poco antes de que naciera me movía en esa capacidad como en el líquido amniótico, y después de nacer estaba envuelto en ella hasta tal punto que podría haberla recogido con un cubo, pero ahora apenas me llega a los tobillos y puedo llenar como mucho un perol de añoranza por aquellos tiempos tan lejanos.
Y parece que comencé a perder mis poderes en el instante en que empecé a tener conciencia de ellos. Seguramente que hay entre ambos hechos relación directa: cuanto menos sabía, más podía. Y como niño recién nacido, todavía añusgándose con la mucosidad y las lágrimas, era capaz de revivir las cosas muertas que estaban a mi alrededor, interfería en el destino de personas cercanas y lejanas, y puede que incluso llegara a desviar las estrellas de su órbita, a desencadenar erupciones solares, a tocar con mis impacientes manitas la tierra allí donde después nunca más volvió a crecer la hierba, a remolcar con mis ojos una nube radioactiva por el firmamento y a revolcarme en mis sueños con gigantescos animales nunca vistos. Aquéllos fueron los días más felices de mi vida, hoy cubiertos hace ya tiempo por el membranoso olvido. Y cuando más tarde, a los cuatro años —después de mi visita al circo de pulgas—, tomé conciencia de mis poderes, fue todo de mal en peor.
Por supuesto, sé cómo funciona todo esto en realidad. Heredé estos poderes de mi padre hace mucho tiempo. Él, y sólo él, es el donante directo. Y como me distancio cada vez más de mi padre, llegarán ya pronto a su fin. Y me quedan ya en su mayoría tan sólo trucos de segunda clase, de pacotilla.
Jiří Kratochvil. En mitad de la noche un canto. Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Editorial Impedimenta.

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